A mi hermano Mariano Ibáñez Heredia, en el Día Internacional del Pueblo Gitano

La nación gitana constituye la reserva étnica de la tercera España. Al igual que moriscos y judíos, el pueblo gitano también sufrió persecución por distinto. El racismo de Estado. Con la misma crudeza. Pero a diferencia de aquellos, jamás reivindicó un Estado político. Ni un trozo de tierra. Ni un espacio poético. Sólo libertad. Su única patria. Entre el cielo y el suelo de cualquier parte.

El pueblo gitano es una nación humana. Étnica. Dispersa. Y de piel generalmente más oscura. Morena de verde luna, como diría Lorca. Sin lugar a dudas, una de las claves (junto a la desconfianza hacia el errante) para entender el porqué de una represión tan descarnada como injusta. Las órdenes de asimilación estética contra judíos y moriscos provocaron un efecto boomerang en los inquisidores: ya no sabían distinguir a los perseguidos de sus verdugos. Los dos eran iguales. Vestidos y desnudos. Los gitanos, no. En 1216 se ordenó customizar a los judíos para diferenciarlos de la manada: que se colocaran una escarapela en las ropas, que no se afeitaran las barbas, que se apilaran en las mismas calles, que comieran juntos en grupo… Ese mandato sobraba por inútil contra el gitano. Sencillamente, era distinto. De ahí que su persecución, a diferencia de judíos y moriscos, no se practicara con la lengua sino con los ojos. Y a la nación gitana no le quedó más remedio que redoblar su nomadismo para resistir.

El Estado-Iglesia empleó la cruz como una espada contra los gitanos. Y a pesar de todo, la siguen amando. Imagino que ven en ella un espejo del sufrimiento que la propia cruz les hizo sentir. Porque la causa contra el gitano no fue religiosa. No podía serlo. Eran creyentes. Quizá más que sus propios perseguidores. Pero la pureza de sangre veterocristiana, esencial para comprender el exterminio de moriscos y judíos, les cayó a plomo. Y esta vez, por fuera. El racismo por excelencia. De pellejo, no de alma. No podían ser limpios con la piel distinta.

A los Reyes Católicos les cabe el nefando honor de haber dictado también la primera amenaza de expulsión contra los “egipcianos” españoles (tan egipcianos que incluso algunos gitanos muy conocidos se apellidan como el lugar donde se alzan las pirámides de El Cairo). Ocurrió en 1499. El mismo año que ordenaron la conversión forzada de los moriscos. Y en ambos casos invocaron idéntico argumento: una cruzada por la limpieza de sangre. Con relación a los gitanos, los Reyes Católicos se limitaron a seguir la corriente xenófoba que atravesó como un tsunami el continente de un extremo a otro, salvo Rumanía. Ya no quedaba sitio en Europa donde pudiera esconderse un gitano. Increíblemente, acusado de hereje. Sirva como ejemplo la Dieta alemana de Spira que justo el año anterior había ordenado el destierro de los gitanos de la Renania y del Palatinado acusados de “traidores a los países cristianos”. Aquella Pragmática firmada en Medina del Campo por los Reyes Católicos, establecía una cadena de penas cumulativas para el gitano cada vez que fuera ajusticiado: azotes y destierro para la primera; corte de orejas y destierro para la segunda; y esclavitud vitalicia a favor de quien lo hallase vagando, sin oficio. Y sin orejas.

En 1539, Carlos I concede al gitano que quiera huir un plazo de sesenta días de gracia. Al día siguiente, a galeras. No responde a la casualidad que exista tan importante población gitana en la costa gaditana, si tenemos en cuenta que el Puerto de Santa María fue la base naval para las galeras reales del imperio. Tampoco es casualidad que el cante flamenco de las minas suene a pena negra. A raíz de una petición de los dueños de las canteras de mercurio en Almadén, el rey comenzó a mandar presos de galeras a las vetas mineras de España. El escritor Mateo Alemán retrató las vejaciones animales que padecieron aquellos mineros. No dijo que fueran gitanos. Este retrato hiperrealista lo condensó en una información secreta en calidad de supervisor. Un texto que lo convirtió en maldito como a tantos heterodoxos españoles que se atreven a decir la verdad. Que se limitan a escribir lo que ven sus ojos. Antes y ahora. El círculo se cierra siglos más tarde, cuando Demófilo recopila cantes que afloran la raza de aquellos mineros: “los gitanillos del Puerto/ fueron los más desgraciaos/ que a las minas del azogue/ se los llevan sentenciaos/ los gitanillos del Puerto/ fueron los más desgraciaos/ que se pueden comparar/ con los que están enterraos”.

Los nazis acabaron con medio millón de gitanos. Y no dudaron en utilizar la estrategia inquisitorial como fuente de su inspiración asesina. Por ejemplo, copiaron la separación de machos y hembras con el fin de extinguir la raza, ordenada contra los gitanos por Felipe II en 1594. A imitación de los decretos de expulsión de moriscos y judíos, las Cortes de Madrid deciden en 1619 no dar al gitano más opciones que el exilio o la muerte. Ese mismo año, Felipe III les conmina a residir en villas con más de mil personas como mecanismo de control y erradicación del nomadismo. Eso explica la concentración gitana en los arrabales de las ciudades españolas y andaluzas, en especial Sevilla y Granada, Triana y Sacromonte. En un intento banal y estúpido de asimilismo, el monarca también les fuerza a vestirse a la castellana, a omitir sus nombres y a no usar su lengua. Los trató como a moriscos. Quizá porque la nación gitana cobijó a los conversos de más costosa adaptación. A Blas Infante no se le escapó este detalle, y en sus escritos nocturnos e inéditos se dedicó a comparar el árabe morisco con el caló de los gitanos. Carlos II concluyó el hermanamiento entre la nación morisca y gitana al obligarles a trabajar sólo y exclusivamente como jornaleros. Unos y otros, moriscos y gitanos, compartieron la misma causa y las mismas consecuencias. Y unos y otros crearon en simbiosis la obra maestra del arte popular hispano: el flamenco. Sólo que ya no quedaban moriscos visibles. Pero gitanos, sí. Siempre.

La represión legal, los insultos, las vejaciones y la propaganda antigitana continuaron hasta la primera república. Fracasados todos los intentos de expulsión, la Iglesia-Estado se obsesionó en controlarlos, tenerlos ubicados, sedentarios, fijos. Los “castellanos” (el “otro” para el pueblo gitano) que ayudasen a un gitano también serían torturados y encarcelados. Confiscaron todos sus bienes. De ahí que el gitano lleve consigo todo su patrimonio colgado del cuello. En verdad, el poder sólo pretendía vaciarles el alma, obligarles a que dejaran de ser lo que son. No hay mayor castigo para un gitano que encerrarlo entre cuatro paredes y cambiarle las estrellas por un techo.

Felipe V elevó la crueldad hacia el gitano a un infierno que Dante no pudo imaginar. La negación de su condición humana. Les cerró las puertas de los juzgados (como víctima, testigo y culpable), y permitió su caza como a perros dentro de las Iglesias. El más criminal de los asesinos, el parricida violador e incestuoso de un recién nacido, tenía más derecho que un gitano a ser protegido por el catolicismo. Como si el gitano no fuera creyente. Qué país de locos. A moriscos y judíos les obligaron a entrar en la Iglesia por infieles, y a los gitanos los sacaron de ella por gitanos. Y Carlos III, para poner fin a este exterminio racista, sentenció que el gitano no existe.

Todo en balde. El gitano ama a Cristo tanto que lo cree gitano. Y aún así los persiguieron en una cruzada esquizofrénica en nombre de la misma cruz que adoraban y padecían. No eran musulmanes. Ni judíos. Ni protestantes. Ni herejes. Eran cristianos de otra raza. Algo intolerable en una España integrista que censuraba a sus hijos según el color de su sangre o de su piel. El gitano radicalizó su esencia nómada, libre y racial en señal de resistencia. Lo condenaron a ser lo que es. Y ha ganado la batalla. ¡Oh pena de los gitanos! ¡Pena limpia y siempre sola! ¡Oh pena de cauce oculto y madrugada remota!

 

Fotografía “Watched Gypsy” (Autor: Mariano Ibáñez).

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