Bibliotecas: una carta de amor

2
172

El amor se administra como uno quiere. Yo amo lo que me dé la gana: animal salvaje igual que en las metáforas de las canciones de Mónica Naranjo o apto para su convivencia en un piso con sofá y varias habitaciones, persona con su correspondiente identificación ante la ley si la ley lo requiere, cosas incluso. Amar coches, amar tenedores de Ikea —su forma y su armonía—, y etcétera y etcétera.

Yo escribo hoy esta carta de amor a las bibliotecas de Córdoba. Escribo que amo las bibliotecas de Córdoba porque sí. Por la evidencia de sus tripas de libros, por sus actividades, por su vida: porque me gusta salir de la Provincial y cruzarme con turistas y asomarme al río y porque me gusta entrar en la Central escuchando todavía las conversaciones de las señoras que regresan de comprar en el mercado, o con el sonido de las atracciones infantiles y su hilo musical con vocación de dj que hunde el baile posterior al convite posterior a tu boda/comunión/bautizo incluso. También me gusta acercarme a la de mi centro cívico, donde los niños se afanan en los trabajos del colegio mientras los abuelos despachan los asuntos del día en el patio de entrada: escoges un libro, ya pensado de casa, o elegido allí, y sientes el impulso de sentarte con ellos y esmerarte tú también.

Amo los libros de las bibliotecas públicas. Amo todos los libros que he leído este verano —todos no: uno lo abandoné a las setenta páginas— y que saqué de las bibliotecas públicas de la ciudad. Busqué en los últimos catálogos de novedades de la Provincial, y escogí títulos que en su mayoría se habían publicado en el último curso, y de los que ya disponía la biblioteca; en la Central, la del Alpargate, me dediqué a caminar entre sus estanterías y hojear de balda en balda hasta rescatar clásicos que aún desconocía o que no recordaba bien. En las bibliotecas de Córdoba hay libros recientes y joyas de ayer y de anteayer y títulos descatalogados que las librerías ni huelen. Incluso libros malos, ojo: nadie está a salvo.

Amo a los adolescentes que estudian para septiembre porque han suspendido y que madrugan y reservan su puesto con sus apuntes —varias hojas grapadas, quizá un esquema al margen, siempre insistiendo con fluorescente amarillo en los datos importantes— y estudian cinco minutos y bajan a fumar y descansan mucho y a los que el conocimiento les estimula la vejiga. Amo a los adolescentes que se encuentran entre ellos y que charlan no en la puerta de la biblioteca sino en la mesa misma, y se piensan susurrando pero en realidad hablan en el tono de voz normal de cualquier ser normal, que igual para ellos es susurrar, pero en realidad no. También, aunque alguna vez haya intentado escribir o trabajar en la biblioteca, y me lo hayan impedido sus idas y venidas y reencuentros; también, digo, retomo, les amo a ellos.

Amo a las personas que utilizan los ordenadores públicos para consultar sus perfiles en las redes sociales. Amo a quienes abren una cuenta de Facebook o de Twitter o de Tuenti e incluso de Badoo. Amo a quienes chatean en los ordenadores públicos de las bibliotecas: amo al hombre que escribió una vez qdamos salgo ahora d casa mientras yo solicitaba el préstamo de un ensayo sobre el amor en Federico García Lorca. Espero que la persona con la que charlaba, y que le imaginaba en casa, no en la Judería, le ame también.

Amo el dinero que se entrega a las bibliotecas públicas. Amo las actividades de divulgación de la lectura. Amo a la bibliotecaria que me recomendó apuntarme a un club de lectura porque vio que sacaba muchos libros. Amo las conferencias, los talleres, los cuentacuentos. Amo el dinero que se entrega a las bibliotecas públicas. Amo que ese dinero se invierta en cuidar a los lectores y, sobre todo, en sumar lectores: enganchar a los nuevos, reenganchar a quienes se alejaron o no se decidieron. Amo las bibliotecas de Córdoba, sin duda con mejoras posibles —horarios más amplios, más personal, mayor oferta al margen de préstamos—, pero buenos hogares de los buenos libros.

2 comentarios