Casi nada de lo que nos ocurre en la vida obedece a causas inmediatas y simples. Mucho más, cuando hablamos de problemas de la magnitud de este terrorismo migratorio. Todo encuentra su razón de ser en otro tiempo más lejano. Y todo obedece a una poliédrica maraña de intereses, tejida de manera premeditada, para generar racismo y xenofobia en el corazón de Europa. Como si de un efecto mariposa se tratara, voy a citar una de esas causas a modo de ejemplo: la llegada al poder del ultraconservador Nicolás Sarkozy. Muchos advertíamos entonces que supondría una catástrofe para los derechos y libertades fundamentales, especialmente tras su reelección por mayoría absoluta. Porque ante la ausencia de controles políticos, igual que ocurriera con Aznar y ahora con Rajoy, desnudan su verdadera naturaleza.

En el verano de 2006, Sarkozy aprobó una dura ley “inmigratoria” que suponía la expulsión inmediata de miles de familias completas. Además de los diez años de residencia estable, los migrantes necesitaban pasar un endiablado examen administrativo de integración social. Muchos padres fueron expulsados del país. A los hijos, sin embargo, no se los podían echar sin su madre. Una perversión del sistema como tantas otras. La clave consistía en pillar a los hijos en el momento en que se encuentren solos y entonces proceder a la expulsión por desamparo. Segundas generaciones nacidas y crecidas en Francia. Niños y niñas que sienten la camisa de la selección con el nombre de Benzema en la espalda, pero apestados para la ley Sarkozy porque su país de nacimiento no coincide con la nacionalidad de sus padres.

Esta ley provocó una autentico brote de locura en el gobierno francés, ordenando a la policía que se atrincherase en los colegios para cazar a los niños de “padres ilegales” (!?) y tramitar el expediente de expulsión. Una vergüenza que caló en los tuétanos de los padres nativos. No se trataba de un simple problema de irregularidad administrativa o de oportunidad política. Estaban echando al compañero de pupitre de su hijo. Con quien juega en el parque. El portero de su equipo de fútbol. El amigo invisible en su fiesta de cumpleaños. El que le ayuda a terminar los deberes. Uno más como el que más.

Samira es de origen armenio y vivía en Lyon con sus hijos. Cuando la policía entró en su casa a finales de verano de 2006, el más pequeño corrió a esconderse debajo de la cama. No se la pudieron llevar. O todos o ninguno. La única gota de humanidad que rezuma la ley. Desde entonces, una madre francesa se hace pasar por ella en la puerta del colegio. Se llama Dolores. Los hijos de Samira no preguntan. A todos los efectos, su madrina es su madre. Si algún día no puede ir a recogerlos, ellos recitan de memoria su número de teléfono. Como Dolores, cientos de franceses ejercen a diario esta labor de apadrinamiento de urgencia. Se han agrupado en colectivos que coordinan la Red de Educación sin Fronteras (RESF). No están solos. Entonces temblaban con la posibilidad de que se repitiera una mayoría absoluta conservadora. No hizo falta. Hollande no derogó esa ley en su totalidad, aunque sí relajó las maquiavélicas exigencias policiales. Ahora tiemblan con la casi segura victoria del fascismo de Marine Le Pen, que convierte a Sarkozy en un juguete infantil. El mensaje de la limpieza étnica ha calado hondo en el país de las libertades públicas, los derechos ciudadanos, la división de poderes y las revueltas de mayo. En la Francia profunda.

Han pasado diez años desde entonces y ahora son los refugiados quienes atestan las fronteras de Europa. Son miles y miles las víctimas de este terrorismo migratorio: ahogados en la fosa común del Mediterráno, enganchados a las alambradas como pájaros indefensos, hacinados en los metros, en las aceras, en los andenes, en la arena de la playa donde veranean quienes los desprecian. En España la ultraderecha, salvo una minoría, anida invisible en las filas conservadoras disfrazada de nostalgia nacionalcatólica. Presumen de cristianismo y olvidan que esta religión nació del exilio de una pareja de refugiados en Oriente Medio que tuvieron que parir a un niño en un establo. Es el momento del ejemplo. Madrid, Barcelona, Zaragoza, Navarra, Córdoba y otros municipios, ya lo han dado en la calle y en las instituciones. Pero el peligro del racismo y la xenobia está en el aire. Leo con dolor mensajes de personas cercanas con las pituitarias muy desarrolladas a los que empiezan a olerles mal otros miembros de su especie. Animales con forma humana que encima se atreven a decirlo en público, sin pudor, mientras otros le ríen la gracia. Cuidado. A diferencia de Francia y otros Estados de Europa con fuerzas notoriamente racistas y xenófobas con altísimas cuotas de poder, en España estas bestias humanas piensan igual pero disfrazan su discurso y su militancia en leyes que derogan a diario nuestros derechos fundamentales. Sólo lo advierto. Para que no nos pase como en Francia. Y abramos la puerta inconscientemente al único elemento sobre el que se funda el nacionalismo español: la negación y el exterminio de la diferencia.

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