Sentado. En soledad. Y escribiendo. Los últimos años de vida de Pío Baroja han marcado las imágenes que han llenado los libros de texto de Bachillerato. Sin embargo, la trayectoria del escritor no ha sido siempre la misma. Y así se desprende del estudio de la investigadora de la Universidad de Córdoba Eva Orts, quien profundiza en la modernidad singular de este autor en su representación de la ciudad, a través del análisis de la relación entre los personajes y el espacio urbano de Madrid, Córdoba, París, Londres y Roma, en cinco novelas: La busca (1904), La feria de los discretos (1905), Los últimos románticos (1906), La ciudad de la niebla (1909) y César o nada (1910). De estas cincos novelas, la autora señala que, “aparte del protagonista principal”, lo más importante es “el ambiente de la ciudad”.

Este estudio es fruto de la tesis realizada por Orts, titulada Personaje y espacio urbano en la narrativa de Pío Baroja, autor favorito de la investigadora a pesar de haber estudiado Filología Inglesa. Así, desde que comenzara su tesis en 2010, la autora vio la conexión de Baroja con ciertos autores de la narrativa decimonónica como Dickens, Balzac y Galdós, quienes produjeron imágenes literarias potentes de la nueva ciudad moderna. A ellos hay que sumar los folletinistas franceses, en particular Eugenio Sue.

En esta investigación, distinguida recientemente con el Premio Internacional Academia de Hispanismo, Orts descubre que aunque Baroja se nutre y continúa el legado de escritores del siglo XIX como Dickens, Balzac o los folletinistas. De esta manera, lo que Baroja hizo fue “adaptar las novelas de estos autores a su estilo” y lo “novedoso” es que las obras de Baroja “ya no se parecen a las del siglo XIX”. En ese sentido, Orts hace referencia a que los personajes de Baroja “ya viven dentro de la ciudad moderna, que no es un sitio amable” y las tramas dejan de tener una estructura cerrada, propia del siglo XIX.

Crítico férreo a la sociedad moderna, Orts explica que “lo que Baroja añoraba era la vida de antes de la época industrial”. Al autor le gustaban mucho “los antiguos edificios, los artesanos, el ambiente de las tabernas y los cafés”. Sin embargo, a principios del siglo XX, “ese ambiente oscuro del siglo XIX empieza a cambiar con la transformación de las ciudades”. Este progreso también le llevan a Barojar a criticar que los “avances de la ciencia no se estuvieran aplicando para mejorar la vida de las personas, sino que para unos pocos fueran enriqueciéndose”.

Baroja lamentaba la destrucción de la parte antigua de las ciudades que recorría en sus múltiples viajes y, sobre todo, el abandono en el que se encontraban las barriadas periféricas. En estas últimas se inspiró para crear muchos de los personajes de sus novelas. En la obra de Baroja se deja ver a un autor indignado que no entiende que se ignore el sufrimiento de las clases bajas y se maltrate a los niños, observación esta última, más que evidente en sus referencias a la ciudad de Londres. En este estudio se desvela cómo Baroja supo advertir la deshumanización que supuso la vida urbana.

Baroja se convierte en un “nostálgico retratista de la ciudad y sus descripciones sirven para dejar constancia de cómo eran las ciudades antes de que el progreso terminara por borrar las calles típicas o los mercados pintorescos”, explica Orts.

Por otro lado, en este estudio llama la atención que la primera protagonista femenina en una novela de Baroja sea una pionera del feminismo. En La ciudad de la Niebla describe a una mujer española que lucha por vivir sola e independiente en el Londres de principios del siglo XX, cuando curiosamente faltaban algunos años para que apareciese Virginia Woolf con su obra Una habitación propia. “Eso es, sin duda, muy feminista”, añade la autora del estudio. A esta muchacha que quiere vivir por sus propios medios, sin depender económicamente de su padre, Baroja la dignifica cuando un personaje la califica como un “caso de valor”.

A esta mujer le ocurre lo mismo que al resto de personajes de las novelas de Baroja: que no consiguen nunca sus objetivos, están desorientados y son débiles, a diferencia de las novelas del siglo XIX cuyos protagonistas triunfan en una historia contada de principio a fin. “Es que la sociedad que les tocó vivir fue muy difícil”, concluye la autora.

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