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Pepín: “No he visto a nadie con la personalidad de Maradona”

José Calzado Ferrer "Pepín" | MADERO CUBERO

Paco Merino

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José Calzado Ferrer (Córdoba, 1954) llegó un día de mediados de los 80 como un ángel caído del cielo a un Córdoba CF que tocaba el fondo del fondo en Tercera División. Se alió con Perico Campos, López Murga, Mariano Mansilla, Luna Toledano, Valentín, Luna Eslava, Revuelta, Vinuesa… Gente de la casa, sufridores vocacionales reunidos a la llamada de Campanero para rescatar el pisoteado orgullo de un club en fase crítica. La vida de Pepín, el genio de la melena rizada, simboliza una época. ¿Se puede decir que triunfó? Quizá sí. O no. Quién sabe. Si triunfar es conseguir que no te olviden, lo logró. Fue un héroe en tiempos de crisis.

Aparece a su cita con Cordópolis saludando a todo el mundo, sin parar de bromear. Domina la escena en uno de los bares de la Plaza de la Oca, donde se toma una cerveza en copa -“nunca en tubo”, recalca- y nos cuenta episodios de una vida de película. Mantiene una mirada jovial y explica con todo detalle jugadas de partidos que se disputaron hace más de treinta años. Típico de futbolista. Pepín, que siempre será “el del Valladolid” para las generaciones que coleccionaban estampas de fútbol, ha vivido lo suyo. Su trayectoria deportiva sigue siendo hoy un verdadero galimatías, un extraordinario sinsentido que le llevó de gira por todo tipo de escenarios: desde los templos sagrados de la Primera División a los corralones de Tercera, donde le miraban con incredulidad. “¿Ése es Pepín?”, se decían dándose codazos los aficionados. Su presencia en esas divisiones abisales era un lujo inconcebible. Para intentar entender su peculiar modo de abordar los desafíos, ahí van dos fechas.

22 de abril de 1984. Jornada 33, penúltima del campeonato de Liga de Primera División. Estadio Santiago Bernabéu. Real Madrid-Real Valladolid. Unos 80.000 espectadores. El equipo blanco necesita imperiosamente la victoria para mantener sus opciones al título, por el que pelean también el FC Barcelona y el Athletic de Bilbao (conquistador final del doblete, Liga y Copa, con Javi Clemente). Dos tipos curtidos, Salguero y Santillana, resuelven la papeleta con oficio en un día en el que no hubo exquisiteces de la emergente Quinta del Buitre. Butragueño y Martín Vázquez se dejaron ver lo justito ante el Pucela, que llegaba con el curso resuelto y un reto particular: el uruguayo Polilla Da Silva necesitaba un gol para compartir el Pichichi con el añorado Juan Gómez “Juanito”. Lo marcó. El partido terminó con 2-1. Allí, vestido de blanquivioleta, estuvo Pepín.

2 de septiembre de 1984. Jornada 1 del campeonato de Liga de Tercera División, Grupo X. Municipal de Rute, terreno de albero. Llenazo histórico, con unos 800 seguidores. Rute-Córdoba CF. Arranca el campeonato más dramático en la historia del club blanquiverde, que había encadenado dos descensos en tres años y acumulaba una deuda de 100 millones de pesetas que amenazaba con llevar a la entidad a la desaparición. Para el modesto equipo de casa es el partido de su vida, un acontecimiento histórico en un pequeño pueblo de 132 kilómetros cuadrados y unos 8.000 habitantes, enclavado en la Subbética cordobesa. El Córdoba ganó por 0-2 y el pleito entre vecinos derivó hacia la polémica: los ruteños quisieron reclamar el resultado por alineación indebida de López Murga, un extremo vasco que hacía el servicio militar en el Cerro Muriano. Allí, vestido de blanquiverde, estuvo Pepín.

En cinco meses, de Primera a Tercera. Del Santiago Bernabéu al Municipal de Rute. Del Real Madrid de Di Stéfano al Rute de Rafael Sedano. Una montaña rusa. Pepín disfrutó cuando estuvo arriba y sufrió en las bajadas. No se arrepiente de nada. Hace unas semanas celebró los 63 años con su familia en la playa de la Carihuela. Para la sesión de fotografías le pedimos alguna camiseta de los clubes por los que pasó. Se intercambió la zamarra con algunos de los mejores futbolistas de la década de los 80 en la Liga Española. “Ni una tengo, todas las he regalado. Mis sobrinos se llevaron muchas”, dice. Dentro una bolsa trae una azul marino con el escudo del Córdoba CF. Es la que usaba cuando trabajó por última vez en la entidad, como utillero. “Es preciosa ésta, ¿eh?”, apunta orgulloso. Cada día convivía con aspirantes a llegar al mismo lugar a donde él estuvo un día. Chavales agarrados a móviles de lujo, con peinados imposibles y tatuajes pagados a precio de caviar iraní que no tenían ni la más remota idea de que el señor que les recogía la ropa sucia llegó a despertar la admiración, tras un partido en el que ambos se enfrentaron en el Camp Nou, de un tal Diego Armando Maradona.

PREGUNTA. Lo del fútbol te venía de herencia.

RESPUESTA. Empecé en el Fray Albino, de infantil. Yo nací en el Campo de la Verdad. Seguí hasta juveniles y ahí me vino a buscar el Atlético Cordobés, que era el filial del Córdoba. ¿Que por qué me fui de aquí? Pues mira. Yo tenía 15 o 16 añitos y trabajaba con un primo hermano mío que era sastre, en el centro. Y soñaba con ser futbolista, como los chavales de la época. Estaba de entrenador Ángel Moreno y allí estaban mi primo Carlos Alias, Urbano... Yo sé que a ellos les daban un dinerito para sus gastos. El que llevaba toda la coordinación de aquello era Abelardo Sánchez. Yo fui a decirle: “Mira, yo tengo que salir de trabajar, hay que llevar algo para mi casa, mi padre es panadero... Somos humildes y creo que debo ganar algo”. Pero no había forma. Yo jugaba en cualquier sitio. Me dijeron que no. Hablé con mis padres y le dije que hacía las maletas y que me iba a Barcelona, donde estaban mis hermanos. Yo era el más pequeño de una familia de ocho. El Litri era el mayor. Con 17 años cogí, fui al campo de fútbol y el Córdoba jugaba contra el Fernán Núñez. Cuando Ángel Moreno dijo la alineación titular, hablé delante de todos: “No, míster. Yo no me visto. No voy a jugar porque me voy a Barcelona. Me voy al restaurante de mi hermano”. Entonces él llamó al club para que no me dejaran marchar. Pero esa misma tarde, solo, cogí mi maleta y me marché a Barcelona. Sólo sabían mis padres que me iba.

"Con 17 años me fui solo a Barcelona para buscarme la vida"

P. ¿Cómo te las apañaste?

R. Al llegar a Barcelona me metí en una cabina telefónica y llamé a mi hermano, que estaba en Andorra. “Que estoy aquí”, le solté. Vino a recogerme. En el restaurante empecé a echarle una mano. Allí entraba gente del fútbol y frecuentaba el bar un taxista que pertenecía a una peña del Español. Empezamos a hablar de que yo había jugado en el Córdoba y a los dos días me dijo que me llevaba al Español. A los dos días me querían fichar. Y también llegó el Barcelona. A ellos les gustaba el estilo de juego que yo tenía. Era el año 72. Yo era canijillo, regateaba... el típico andaluz. En esa época, el cambio de residencia tardaba seis meses. El Barcelona y el Español se interesaron por mí y se pusieron en contacto con el Córdoba, donde estaba Campanero. Ellos se dieron cuenta y quisieron que volviera. Mi hermano me llamaba constantemente, me decía que en el Córdoba me iban a hacer un contrato.

P. ¿No te entró la tentación de volver?

R. Yo les dije: me quedo aquí. ¿Por qué? Pues por una sencilla razón. Yo soy una persona de palabra. El Español se portó conmigo de maravilla. A mí me daban tres mil pesetas de la época para que yo pudiera llevar un dinero a mi casa. A ellos les interesaba mucho y apostaron por mí. Fíjate que me tiré casi un año sin jugar un partido oficial. Solamente entrenando y jugando amistosos. Me llamaron para la selección catalana y para la española de juveniles, pero no pude jugar porque no pertenecía oficialmente a ningún club ya que mi ficha no se podía tramitar. Con 18 años no jugué ningún partido oficial durante toda una temporada. ¿Qué nene aguanta hoy eso? Entrenando y sin poder salir a la discoteca o al cine. Yo vivía en casa de una hermana mía en Santa Coloma de Gramanet.

P. Y el Córdoba insistía.

R. Vinieron a buscarme, incluso me hablaron de debutar en el primer equipo como hizo mi primo Carlos. Y el entrenador que yo tuve, Ángel Moreno, ya dijo que él lo había advertido, que ese chiquito podía triunfar. Pude haber jugado en Primera con 18 o 19 años y al final no pude hacerlo hasta los 26. Después del año sin jugar, de pasar por el amateur del Español y de haber estado en el primer equipo con Santamaría de entrenador, me llegó la hora del servicio militar. Yo estaba empadronado en Barcelona ya y pensé que me iba a tocar por allí. Creía que me iba a ir a Gerona, pero me mandaron al Sahara. Dieciséis meses. Dime tú. ¿Qué chaval hoy entiende eso? El fútbol era mi pasión. Yo hacía todo lo que podía para triunfar en el fútbol, pero tenía que llevar dinero a casa. Me iba a las cuatro de la mañana al Mercabarna con un vecino mío que tenía una frutería a cargarla y prepararla. Me iba andando a entrenar, en el metro o en el autobús. A un campo de tierra al lado de Sarriá.

"La mili me rompió todos los planes: ¡me mandaron al Sahara!"

P. ¿Y tu familia qué decía?

R. Mi padre vendió la casa que tenía aquí en Córdoba por 65.000 pesetas y se fueron conmigo allí. Él había sido entrenador en el San Lorenzo y era un hombre de fútbol. Tenía una gran ilusión conmigo pero nunca fue a verme jugar. Nunca, nunca. Ya siendo profesional, me vio un partido cuando yo estaba en el Getafe y fui a Sabadell a jugar. Fue la única vez que me vio mi padre. No es como ahora. Ese día fue con mi madre.

P. En aquellos tiempos, el servicio militar obligatorio rompía muchas carreras deportivas.

R. La mili la pasé como pude. Desde el Sahara me mandaron a Tenerife y allí jugué partidos con el Real Unión, que era filial del Tenerife, y después terminé ya en Barcelona y hasta terminar la mili estuve con el Santa Coloma. Después me reincorporé al Espanyol, donde estaban Manolín Cuesta y Verdugo. Yo era más joven y me tenían para entrenar y jugar algunos amistosos, porque el entrenador, Santamaría, prefería tener a futbolistas veteranos y a muchos sudamericanos. Pero allí me querían, ¿eh? Estando yo en la mili, mi padre iba todos los meses a cobrar ocho mil pesetas a la calle Córcega. En el Español de aquella época había mitos como Caszely, Solsona... Me hablaron de cederme pero yo pensé que no iba a tener sitio y quería irme. Mario, un italiano que tenían como director deportivo, me decía que me quedase y aconsejó a los dirigentes que no me dejaran marchar. Pero yo lo tenía claro. Les dije que me iba con mi hermano a Andorra. Hasta que iba a dejar el fútbol, les dije. Después de mucho insistir, me dieron la carta de libertad.

P. Porque lo que querías es jugar y ser profesional. Ganarte la vida con el fútbol, vaya.

R. Nada más bajar las escaleras estaba allí Poli, de Puente Genil, que había entrenado al Hércules y estaba en el Júpiter, un equipo muy famoso allí. “¿A dónde vas compadre?”, me dice. “Tú te vienes conmigo”. Yo estaba recién casado con una catalana. Me dijeron que en Tercera no iba a durar nada. A mitad de temporada metí no sé cuantos goles, era el mejor centrocampista de los equipos catalanes de Tercera. Me querían el Sabadell, el San Andrés... Todos. Al terminar la liga, a Poli lo fichó de entrenador el Getafe. Allí estaba Escalante de jugador. Poli me llevó con él y el Getafe le dio al Júpiter 600.000 pesetas por mí. Ya ves tú. El negocio del siglo.

P. En poco tiempo, ya te metiste en Segunda División.

R. Yo había jugado la Copa del Rey con el Júpiter contra el Moscardó. Allí me vieron. Luego, después de ficharme, hubo algunos directivos del Getafe y periodistas que cuando me vieron bajarme del avión en Madrid se preguntaban cómo iba yo a triunfar con ese físico. Yo era bajo, delgadito... Era fibra, no te creas. Estaba fuerte aunque no lo pareciera. Poli les dijo: si después de una temporada este jugador no ha triunfado, su ficha la pago yo entera. Fíjate si tenía confianza en mí. Yo cobraba allí 90.000 pesetas al mes. ¡Coño! Antes de terminar la Liga ya estaba el Atlético de Madrid detrás de mí. Me querían fichar. Y el Zaragoza, el Betis...

"En el Getafe me hicieron un chanchullo y me engañaron; perdí dinero"

P. ¿Por qué no cuajó ningún traspaso?

R. Jugué un año más en el Getafe y entonces me hicieron un chanchullo los dos sinvergüenzas que había allí. Que ni nos pagaban ni nada. Un día, jugando el Torneo del Manzanares, nos tocaba enfrentarnos al Rayo. Esa tarde me dijo Poli: “Vete para las oficinas del club”. Yo ya sabía que iba a ser por algo de traspaso. El Atlético de Madrid daba 12 millones de pesetas por mí y un partido, pero estos le pedían más. El presidente me dijo: te presento a... ¿cómo se llamaba? Ramón Martínez. Y me dice: “Te vas al Valladolid”.

P. ¿Al Valladolid?

R. Ellos estaban para subir a Primera y habían firmado de entrenador a Paquito, que el año anterior estuvo en el Castellón y me conocía a mí. Él había pedido mi fichaje. Yo le había liado en la Liga una tremenda al Valladolid, que iban líderes y les metimos 0-4 en su casa con el Getafe. Les quitamos el primer puesto, pero terminaron subiendo. Mi nombre ya había salido en la prensa de Valladolid, pero en esos tiempos no te enterabas. El traspaso fueron 6 millones de pesetas y un partido amistoso. Bueno. Me voy a Valladolid y el partido amistoso se jugó ese verano en Getafe. Estando en el vestuario me llamó el utillero del Getafe y me preguntó cómo me iba. Y fue él quien me contó la verdad del traspaso. El Valladolid no había pagado seis, sino doce millones, y la mitad se los había dado en mano a los que llevaban el Getafe. Al Atlético de Madrid le pidieron 22 millones y ellos llegaban hasta 20. En esa época tenían que dar al jugador el quince por ciento del traspaso. Así que imagínate lo que perdí.

P. Los futbolistas estábais en manos de las directivas. Erais como mercancía.

R. A mí me dieron un talón de 400.000 pesetas, el quince por ciento de los seis millones. Yo fui a protestar a la AFE, pero ellos me decían que yo lo había cobrado ya. ¿Y eso cómo iba a ser? ¡Me habían falsificado la firma! Fíjate por dónde he tenido que pasar yo. En Getafe les sacaban pancartas y los tíos andaban escondidos. Dejaron aquello hecho un solar. Además de traspasarme a mí vendieron también a Modesto al Zaragoza, a Pozo al Castilla... Lo desmantelaron. Después de todo aquello desapareció el Getafe. Perdieron la categoría y ya no jugaban en Las Margaritas, sino en el campo de uralita y de tierra en el que entrenábamos nosotros. Empezaron desde Regional hasta que ya llegó Ángel Torres. Él es muy amigo mío. Era el dueño de una discoteca allí. Se ve que a los años se metió en la construcción con otros directivos, subió, subió... y mira hasta dónde llegó. Es como si fuera un hermano mío. Lo conozco desde hace casi cuarenta años.

P. En el Valladolid viviste una época muy interesante en Primera. Y también estuviste en el escaparate.

R. Me quedaba un año en Valladolid y estaba muy considerado. Hasta salió mi nombre en la prensa porque me quería el Barça, pero acabaron fichando al padre de Xabi Alonso, Perico, de la Real Sociedad, y a éste... Víctor Muñoz, el Chepas, que venía del Zaragoza.

"Podía haber estado en el Mundial 82, pero Santamaría no me quiso coger"

P. ¿Y eso que se dice de una lista del Mundial?

R. Podía haber estado en la lista para el Mundial 82, pero el seleccionador, José Emilio Santamaría, era el que yo había tenido en el Español y por haberme ido en su momento no me llevó. No me quiso coger.

P. Pero resulta que un par de años después te vemos en el Córdoba. ¿De dónde partió toda aquella operación?

R. Estuve cuatro años y fui campeón de la Copa de la Liga. ¿Cómo me llegó lo del Córdoba? Hubo una radio en Villanueva, que llevaba Carmonilla, que organizó un partido benéfico y en esa época era el único cordobés que estaba jugando en Primera División. Mandaron una carta al Valladolid para que viniera a Villanueva. Yo pedí permiso y me vine a casa de mi hermano. Quedé con Manolín Cuesta, jugué el partido y me quedé unos días en Córdoba. Y ahí me dijo mi hermano: “Campanero quiere hablar contigo. Pásate por su despacho”. Era el mes de julio y yo me tenía que marchar para hacer la pretemporada con el Valladolid. Cuando subí a las oficinas me encontré a Campanero, a mi hermano Litri, a Gonzalo Uceda y a Leafar, el periodista. Él me enseñó el proyecto que tenían en Tercera. Todos de Córdoba, menos Lucas y José María. Y además traían a Mariano Mansilla, López Murga, Luna, Luis Martínez... “Tú eres el único que tienes nombre para arrastrar a la afición. Los seguidores se van a ilusionar”. Yo tenía 29 años, con contrato en Primera y con equipos que me querían. Estaba fenomenal entonces. Era imposible. Campanero ya dijo en la prensa que no se podía, que lo iban a intentar con otros, que con Pepín no había manera. Que no me iban a dejar.

P. ¿Influyó mucho tu hermano Litri para que tomaras la decisión de regresar?

R. Estaba en casa de mi hermano y no hacía más que darle vueltas a la cabeza. Le dije: “¿Cómo me dices que me vuelva ahora? Con lo que yo he sufrido para llegar en el fútbol y eso lo sabes tú...”. Yo en Valladolid me había comprado un apartamento por cuatro millones de pesetas y había dado medio millón de entrada. Me costaron un kilo los muebles. Hostia... Y yo pensando toda la noche. Tenía novia entonces, de Valladolid, porque en el 82 me había separado de la catalana. Yo no hacía más que darle vueltas. El Córdoba me firmaba tres años a tres millones de pesetas cada uno. Era el jugador de Tercera que más cobraba en toda España. Y a eso se añadía medio millón por jugar la fase de ascenso y otro medio millón más si subíamos. Más las primas. Yo en el Córdoba podía ganar más que en el Valladolid, pero claro, no era Primera. Pero era mi ciudad. Le di muchas vueltas a todo eso. Total, que le dije a mi sobrino, que lo había colocado allí en Valladolid en una discoteca de camarero: “Chico, vente conmigo”. Nos fuimos en el Renault Fuego. Cogí toda la ropa, el telesivor, el equipo de música... Cargué el coche y para Córdoba.

"Me fui del Valladolid, en Primera, para fichar en el Córdoba, en Tercera"

P. ¿Y qué te dijeron en Valladolid?

R. Me presenté en el club y le dije al presidente: “Que me vuelvo a Córdoba”. No se lo creía. Pensaba que me quería ir a otro equipo. Estaban en esa época el Betis, el Santander... Me querían equipos y en Valladolid se pensaban que yo estaba buscando una salida. Pero no se imaginaban que era para jugar con el Córdoba en Tercera División. Años después me lo he encontrado varias veces y siempre me dice lo mismo: “¿Cómo pudiste hacer esa tontería?”

P. Tu llegada a Córdoba fue un acontecimiento.

R. Mi hermano dice que Campanero se quedó sin habla, que tartamudeaba cuando se lo dijo. ¿Que Pepín se viene al Córdoba? El Litri se lo contó: que yo quería volver para ayudar al equipo de mi tierra. “¿En serio lo ha dicho?”, le decía. “Mañana lo tienes aquí”, le contestó mi hermano. Campanero llamó a todos los periodistas para que lo publicaran. Yo allí resolví mi contrato en Valladolid. Me pagaron hasta el día que me fui, ni más ni menos. El apartamento lo dejé y no volví más.

P. ¿Conseguiste en Córdoba lo que venías buscando?

R. Sí. Me pagaban bien. Fueron años muy buenos porque ascendimos. El año en Tercera fue sensacional porque disfrutamos mucho y la afición estuvo con nosotros. Y el primero de Segunda B también.

P. Perdona, pero visto así parece increíble. Pasaste de Primera a Tercera en meses y por decisión propia.

R. Vaya, así fue. Tela, ¿eh?

P. ¿Y no te dio ningún brote de arrepentimiento espontáneo?

R. Aquí el segundo día del entrenamiento llamaron a casa de Alarcón, que era el que cuidaba el campo y la ropa. Era un representante. “Pepín, que me he enterado de que vas a colgar las botas”. ¿Colgarlas yo? ¿Pero qué está diciendo? Yo estoy jugando en el Córdoba, en Tercera. Me dijo que tenía una oferta para mí del Cartagena, que estaba en Segunda, y era muy buena. Toda la gente me llamaba diciéndome: “¡Estas loco! ¿Cómo eres capaz de hacer esto?”. Cuando regresé a Valladolid a despedirme de la gente no se lo explicaban. Yo no podía decirles otra cosa: me voy a ayudar al equipo de mi tierra.

P. En Valladolid llevabas cuatro años y eras un jugador muy querido allí.

R. Sí, pero las cosas habían cambiado un poco. Para mí, el más flojito fue el último año porque tuve problemas personales por mi separación. Echaron a García Traid, que en paz descanse, y entró Redondo, que es de allí. Era muy admirador mío, pero luego varió. Y me la jugó. Un día nos peleamos en el campo con Fortes, el de Barcelona. Ya ves tú. Que le decía yo: “Feo, ven para acá”. Con el cachondeo que tenemos aquí, tú sabes. Pero se ve que al entrenador eso no le caía muy bien. Yo le contestaba también. Le decía que era mi manera de hablar. Yo nunca falté a un entrenamiento, a una concentración... Yo soy un tío formal. Me pegaba mis fiestas y lo que tú quieras, pero a la hora de trabajar ahí estaba el primero. Y en el Córdoba igual.

P. Tienes un título, la Copa de la Liga, pero curiosamente no jugaste el último partido.

R. Yo había estado malo, con anginas y con fiebre. Fui a Salamanca así. Me sacrifiqué. El próximo partido en casa era contra el Zaragoza y me dejó en el banquillo. Y yo lo mandé a tomar por culo. Porque eso no se le hace a un futbolista, es de tener poca vergüenza. Sabiendo cómo era yo. Ese día perdíamos 0-1 y estaba en el banquillo. Entonces coge, quita a García Navajas que era libre y jugaba en medio campo, y me saca a mí. Me dice que marcara a un uruguayo muy bueno que tenía el Zaragoza. Empatamos y estábamos jugando mejor. Pero en una jugada yo me desentendí, una cosa de las que pasan en un partido, y al entrenador no se le ocurre otra que cambiarme. Cuando iba para el banquillo le dije que no tenía ni idea. La gente empezó a chillarle. A mí me quería la gente en Valladolid. Yo entiendo que si un día me salen mal las cosas en el campo, pues que me quite. Eso se puede aceptar. Pero que te saque y luego te cambie otra vez es una falta de respeto. Ya era casi el final de temporada. Y la final de la Copa de la Liga no la jugué. No me quiso poner. Me enfadé con él, él se enfadó conmigo, nos dijimos cuatro cosas y a tomar por culo. Ya está.

"En Valladolid terminé mal porque al entrenador le dije cuatro cosas"

P. ¿Así?

R. Pero resulta que después de esa temporada el Valladolid echa a Redondo y traen al chileno Vicente Cantatore. Fíjate lo que hubiera podido cambiar la cosa. Si hasta preguntó por mí... El tenía informes de la plantilla y dijo: ¿Cómo es que no está Pepín aquí?

P. Era un fútbol distinto.

R. Sí, era un fútbol distinto al de ahora. Yo tenía una ventaja. Ahora les dicen polivalentes y en mi época nos llamaban comodines. Podía estar en la banda, de media punta, de lateral... Yo he jugado en todos los puestos menos de portero. Mi pierna es la derecha, pero muchas veces me han puesto por la izquierda. En el Getafe, en un partido contra el Recreativo de Huelva, jugué de central para marcar a Aitor Aguirre. No en las acciones de balón parado, porque me sacaba dos cuartas, pero en juego sí porque yo era rápido y me anticipaba. Normalmente ha sido centro del campo y en la banda. En Valladolid había unos medios técnicamente muy buenos en esa época mía que eran Moré y Minguela. Yo rendía más en la banda y me daban unos pases a la medida. Yo me aprovechaba y sacaba partido de la velocidad. Como lateral tenía fuerza para correr treinta o cuarenta metros seguidos, recuperaba bien del esfuerzo.

P. Dice la leyenda que te gustaba la fiesta.

R. La fiesta me gusta como le gusta a todo el mundo, pero siempre he cumplido. Aparte de eso, yo aprovechaba el día cuando al siguiente había descanso. Me iba a mi discoteca, me tomaba mi cervecita... Que el alcohol que yo bebía era solo cerveza, ¿eh? A mí me conoce todo el mundo. Me puedo tomar mi gin tonic, pero siempre después de haber comido. Yo como bien, me gusta, y mi copa me gusta. Yo tampoco podía beber mucho porque tenía jaquecas. Nunca he faltado a un entrenamiento. Jamás en mi carrera me han multado por llegar tarde a ninguna cita con el equipo ni me han tenido que llamar la atención. Nunca. Me he levantado malo pero he sido el primero a la hora de correr. Los compañeros me decían: “¿Pero cómo lo haces, mariquita? Si estabas anoche de fiesta”.

"La fiesta me gusta como a todo el mundo, pero siempre he cumplido"

P. El regreso al Córdoba fue de mucho impacto, pero la relación con el club acabó deteriorándose.

R. Firme tres años, más luego otros dos de los que cumplí uno y medio. Casi cinco estuve en el Córdoba. Del Córdoba me fui al Martos, con Vinuesa... No me retiré. Cuando vino Roque Olsen me puteó. Habíamos subido y yo había ganado todos los trofeos. Fui el goleador, el motor del equipo... Pero querían que bajara el contrato. Pero chiquillo, ¿cómo voy a bajar mi contrato? Yo ganaba cuatro millones. Entonces ya no estaba Campanero, estaban Adarve y Cárdenas. Y me quitaron de enmedio a mí y a Vallina, que en paz descanse, en la pretemporada que hicimos en Cabeza de Manzaneda. Cuando lo echaron llegó Campillo y empecé a jugar y a marcar goles otra vez, pero empezó con lo mismo: que me bajara el contrato. Y ya me entero que viene Portugal, que llegaba cojo perdido del Valladolid y que lo habían echado, y ganando seis millones de pesetas. Yo había bajado de Primera para ayudarles a subir y ahora me decían eso. ¡Venga ya, hombre! Yo les dije a Adarve y Cárdenas: “Me queda un año pero yo me voy”.

P. Ya tenías 33 años. ¿Cómo veías el futuro entonces?

R. Yo quería seguir jugando. Entonces me llegó Ángel Torres, que se había ido de entrenador al Martos, y que había formado un equipito. Y allí que me fui con él. Llegué, me dieron 300.000 pesetas en la mano y 100.000 al mes. Les dije: el mes que faltéis en el pago, no juego. Llegaron las navidades y no me pagaron. Otro mes, otro mes, otro mes... Yo no podía seguir sin cobrar. Esperáte, me decían. El míster sí había cobrado y no dio la cara por los de Córdoba que no nos pagaban. Así que me fui.

P. Como cuando eras un chaval. Otra vez a Cataluña.

R. Cogí a mi mujer y a mi niña la mayor, que era chiquita, y dije: “Volvemos a Barcelona para ver a mis padres”. Y allí en mi barrio de Santa Coloma me llega un chaval fortote y me dice: “¿Tú eres Pepín, no? ¿No te acuerdas de mí, coño? ¿Qué haces aquí? ¿Estás jugando?”. Le dije que hasta navidades jugaba en Tercera, en Martos, en Andalucía. Me preguntó si quería jugar, si estaba bien, y me dijo que por la tarde nos veíamos en el Frankfurt, un bar de allí. Me hizo una pregunta: “¿Quieres jugar en el Vilanova i la Geltrú? Está en la Primera Catalana, van abajo... A ti te conocen por aquí, de cuando estuviste en el Español”. Eran cinco o seis meses. Cien mil pesetas al mes. Le dije a mi mujer que se fuera para Córdoba y yo me quedaba en Barcelona con mis padres y jugando esos meses hasta terminar. Fiché el viernes y jugué sin entrenar el domingo. Metí una papa que no veas. Desde el medio campo. Ganamos por 0-2 en un campo muy difícil. A los dos o tres meses me buscaron un apartamento en toda la playa. Me lo pagaron todo. Terminé, se salvó el equipo y ya está.

P. Momento de la retirada.

R. ¡Qué va! Vino mi hermano y nos fuimos con la familia para Andorra a pasar el verano. Estaba tomando el sol con mi niña chiquita, ya ves tú, que tiene 30 años ya. Y me encuentro a Arévalo, que había jugado conmigo en el Getafe de portero y que se hizo muy famoso porque le marcaron un gol de portería a portería. Estábamos hablando de fútbol, se presentó un viejo y me dice: “Tú eres Pepín, ¿no? Yo hablé contigo cuando tú fichaste en el Córdoba”. ¡Era el representante que me llamó para que me fuera al Cartagena! Y me lo encuentro en Andorra. Allí había dinero a tope. En diciembre, si el equipo iba mal, los echaban a todos y fichaban a otros nuevos. El entrenador era Iglesias, que había coincidido con él en el Júpiter cuando era joven. Habló con la gente del Andorra. Ya había salido en la prensa que yo había colgado las botas. Me ofreció 570.000 pesetas, más 150.000 al mes. “¿Tu mujer trabaja?”, me dicen. Pues le buscaron de dependienta en una tienda de Jean Paul Gaultier. Y también un colegio para la niña.

P. Tu mejor contrato fue el último de todos, casi.

R. Estuve alli cerca de tres años jugando con el Andorra. Me ofrecieron quedarme de segundo entrenador y hacerme cargo del Seo de Urgel siendo primer entrenador y jugador. ¡Pero si no yo tengo título! Que da igual. Tú te pones y ya lo averiguamos. Pues en dos años subimos a la Preferente entrenando y jugando yo. Y ahí lo dejé ya. Mi mujer estaba algo delicada de salud, mi suegra me llamaba para volver para acá... Total, que a casa. Me vine para trabajar en las instalaciones de El Cordobés, por mediación de Carlos Alias, primero hermano de mi mujer. Dejé todo allí. Mis coches, la residencia andorrana... Me tuve que venir.

P. ¿Te hiciste millonario con el fútbol?

R. No, que va. Son muy poquitos dineros, aunque en esa época estaba muy bien. Ten en cuenta que yo he ayudado mucho a mi familia. Yo he vivido muy bien, no lo voy a negar. Tenía mis coches, mi buena ropa... Pero para ahorrar, no. Ahora pagan unos dinerales que no te da ni tiempo a gastarlos. Yo me compré un piso aquí en el Marrubial, pero lo vendimos cuando me fui otra vez a Andorra. Yo siempre me he ido buscando la vida. Trabajé en El Cordobés y luego entré en el Córdoba CF.

"No me hice millonario. Viví bien, no lo voy a negar. Luego me busqué la vida"

P. Y ahí estuviste unos cuantos años.

R. Como ojeador, en la ciudad deportiva y también de utillero. Hijo mío, ésa es mi historia. Y aquí estoy.

P. El fútbol es tu vida.

R. Yo el día que no veo fútbol es raro. Y mi hija, que tiene 19 años, también es una enamorada del fútbol. Últimamente no voy a El Arcángel. Y no porque nos hayan quitado los pases a los veteranos, sino porque se han portado muy mal con mi hermano. Yo de mí no digo nada. Estos que hay ahora no tienen nada que ver con mi historia. Pero lo de mi hermano... Vamos. Lo que le han hecho es una falta de respeto.

P. Estás dolido por la forma en que tu hermano terminó en el Córdoba.

R. Mira: la mitad de la razón de la muerte del Litri ha sido el sufrimiento por su club. Él nunca hizo nada malo. Mi hermano se desvivía por el Córdoba, era un hombre sencillo y bueno. Todo el mundo lo quería. Se dejó la vida por el Córdoba y no le han tratado bien. No la afición, ojo. Me refiero a los que mandan. Pero esto es la historia de siempre. Cuando les sirves, bien. Pero luego se olvidan. No agradecen lo que hizo por este club un hombre bueno como mi hermano. Yo no quiero que pierda el Córdoba, porque es el club de mi tierra, pero que estos que están ahora se vayan de una vez. Que se marchen de una puñetera vez. Esto tenemos que arreglarlo la gente de Córdoba.

P. ¿Como tú?

R. Mira, no lo digo por mí. Hay muchas personas que pueden ayudar porque entienden de fútbol. La gente sabe que soy legal y honrado, que hablo por derecho. No le niego el saludo a nadie, pero no olvido a los que me han hecho daño. A mí la gente me saluda por la calle, me quieren. Eso es lo que sembrado. Eso, para mí, vale más que el dinero. Yo tengo una ayuda y mi mujer trabaja en una tienda de chinos todo el día metida ahí. Y ha trabajado en los mejores sitios. Yo he trabajado con mi cochecito por toda España para hacer informes y que Coco se los diera a Escalante cuando estaba de entrenador. Y luego me dicen que no hay dinero para ojeadores, que el presidente no quiere... Yo no quiero ganar fama ni nombre, soy humilde. A mí la gente me conoce porque jugué al fútbol en Primera. A mí me saludan Arias, Calderé... Gente de mi época. Soy una persona trabajadora y eso lo he demostrado siempre.

"Mi hermano Litri se dejó la vida por el Córdoba y no le han tratado bien"

P. ¿No te llama el tema de los banquillos? Para entrenar chavales.

R. Ese es un campo que siempre me gustó y lo he hecho. Yo tengo mucha experiencia que puede venirle bien a los jóvenes. Hablarles de lo que es el fútbol y lo que conlleva de sacrificio. Pero con unas buenas formas. A un niño con diez o con once años no le puedes decir: “¡Vamos a echarle huevos!” A mí en el Español me dieron una educación, me enseñaron que el fútbol es más que darle patadas a la pelota y correr. A mí, nada más verme, tan canijillo, con la camiseta sacada por fuera del pantalón y las medias bajadas, me lo dijeron. Llegó Santamaría y me llamó. “Calzado, venga usted para acá”. Así hablaban antiguamente. “¿Lleva usted los pies vendados? Pues no. Vaya al vestuario. Camilla. Masajista. Las medias arriba y la camiseta por dentro”. Desde ese día y hasta el final. Lo aprendí rápido.

P. ¿Cómo sobreviviste en la salvaje liga española de los años 80? Eran años para gente dura. Los equipos vascos ganaban los títulos.

R. Yo metía el pie, tenía cojones. Lo que pasa es que era habilidoso. Pegaban unos hachazos... Había jugadores que iban a hacerte daño. Migueli, en el Zorrilla, me hizo una entrada brutal. Un día que iba con Eusebio, al que conocí cuando él entró de joven en el Valladolid, me encontré con Migueli. ¿Tú no sabes quién es éste?, le dijo Eusebio señalándome a mí. ¿A ti no te he partido la pierna, no?, contestó Migueli. Le dije que no, pero que estuvo a punto. ¿Tú eres Pepín, el de los pelos largos, el del Valladolid? Me acuerdo. Que raro que no te hubiera roto. ¿Y Benito? Se rompió la rodilla en Valladolid. ¿Y Goicoechea? No pegaba nada ése. Acuérdate de Maradona. Pegaban hasta los porteros. Me acuerdo de Arconada, en un partido de Copa del Rey en Valladolid de noche. Había nieve en Zorrilla. Me echó Minguela un balón largo, me meto entre los defensas y me voy directo a la portería. Y veo que viene, deslizándose por la nieve, Arconada. Si no salto me rompe las piernas. Le digo: “Anda, que si me pillas...”. Y se reía el hijoputa. Y Roberto. Hablo mucho con él.

P. ¿Cómo fue tu reencuentro en el Córdoba con Roberto?

R. No me quiere a mí nada Roberto. Nos cambiábamos la camiseta cuando él estaba en el Valencia. Luego nos encontramos en el Córdoba. Él de entrenador y yo de utillero con él. A mí me daba vergüenza porque él me ponía de ejemplo delante de los jugadores. Hablaba con la plantilla y me decía: tú quédate aquí. En el descanso les decía de todo. El equipo iba mal, no ganaba, y les decía: ¡Si tuviérais los cojones que tenía éste! Y me señalaba. Yo no quería eso. Los chavales me respetaban mucho y sabían quién era yo. Me pasó otro caso con el Boquerón Esteban. Cuando jugaba, me escupía y me tiraba de los pelos. Y vino aquí de entrenador con Urbano de segundo, que también había coincidido de jugador conmigo. Estaban haciendo la obra detrás de la portería y yo era el encargado de recoger los balones. Los jugadores hoy en día tienen una costumbre muy fea, y es que cuando terminan el entrenamiento pegan un balonazo y lo lanzan lejos. Y luego tiene que ir el utillero a buscar el balón. Y Esteban les dijo: este hombre no está aquí para esos juegos. Pero peor es lo que hizo Bilic. Estaba yo dentro de la portería recogiendo los balones y se le ocurrió pegar un balonazo cuando yo estaba desprevenido. Si me pilla, me mata. Le lió pocas Esteban a Bilic. Le dijo: “Este hombre es el utillero, pero es un hombre honrado que ha jugado en Primera División. Ahora está aquí para quitarte las mierdas a ti y a todos. Hay que respetarlo”. Me defendió y eso no se me olvida.

P. Has vivido el fútbol desde todos los lados.

R. Sí. Y siempre he tratado de hacerlo lo mejor posible. He conocido a los jugadores que luego han entrenado al Córdoba. Carrión era un pedazo de chaval. Otros eran unos hijos de puta, pero me respetaban. Yo he jugado con los mejores el mundo. Con Maradona, Kempes, Stielike, Schuster... Había solo dos extranjeros por equipo y los que venían eran muy buenos. Esos años ganaban las ligas el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad, que daban palos, sí, pero es que además eran buenos futbolistas y jugaban en equipo.

"Roberto me ponía de ejemplo ante los jugadores y a mí me daba vergüenza"

P. Jugaste contra Maradona el día en que el argentino debutaba en el Camp Nou. Y te tocó marcarlo.

R. Mira. Maradona era un genio. Él hizo bueno al Barcelona porque el resto del equipo que tenían no era de un nivel excepcional. Sin Maradona no hubieran hecho nada. Maradona cogía el balón en el mediocampo y el hijoputa hacía plon, plon, plon... Una personalidad enorme. Messi es un monstruo, pero la personalidad de Maradona es insuperable. Se echaba al equipo encima y los hacía mejores. Messi es un fenómeno, pero tiene detrás un Iniesta, un Xabi... El Barça en la época de Maradona era un equipo normalito y con el argentino todos eran mejores. Igual que el Madrid con Stielike. No era nadie éste. Cómo salía. Era mortal. Un tío enorme, como un gigante... Me cago en su nación. El tipo con más fuerza que he visto yo en el fútbol español. Cómo iba a por la pelota, con esa fuerza. No había quien lo pudiera parar. Yo le decía a Paquito, que era mi entrenador del Valladolid: “Míster, no puedo con él, que no puedo”. Otro día me tocó defender a Schuster, otro monstruo. Yo trataba de anticiparme, de que no le llegara la pelota. Porque si la cogía se la mandaba larga a Quini o a Carrasco y se la ponía en el pie. El Madrid tenía mejor equipo que el Barcelona, pero el Barça tenía a Schuster y sobre todo a Maradona.

P. ¿Qué recuerdas de aquel partido?

R. Nada más empezar. Sacamos del medio campo y me hace el cabrón un quiebro, se la pasa a Marcos y gol. Ni un minuto llevábamos de partido. Me fui para él y le dije: “Ni una más, Diego”. Y me contesta: “Tranquilo, pibe, tranquilo”. Yo iba limpio y él se protegía muy bien, ponía los codos. A él le pasaban todos los balones porque era el día de su debut en el Nou Camp. Cada vez que le pasaban la pelota la gente se volvía loca en el estadio. Yo le quité dos o tres balones y él se dio cuenta de que no lo iba a tener fácil. Pero era la hostia, era tan listo... Messi será un monstruo, pero no es tan listo. ¿Sabes lo que me hizo? Yo me anticipaba siempre. Una de las veces, en vez de quedarse esperando, dio un pasito adelante y tocó el balón para hacerme un sombrero. Tengo las fotos. Un periódico catalán puso: miren la cara del jugador del Valladolid buscando el balón. Salió en el Don Balón. Al final del partido, el entrenador nuestro, Mesones, me puso en mediocampo y Maradona se colocó en la parte izquierda. Allí estaba de lateral Sánchez Valles. Madre mía la que le formó al chaval. Pobrecillo. Escúchame, pero tela. Le hizo de todo, Paco. Pon, pon, pon... Y mira que Sánchez Valles era rápido. Pues nada. Corría detrás de él como un conejo y Maradona bailando y dando pases. Al final nos metieron 3-0. Uno de Maradona de penalti, que no fue -se lo hizo Gilberto a Quini- y otro de Pichi Alonso que también se la dio Maradona.

"Maradona me hizo un sombrero y la foto salió en todos los periódicos"

P. Le pediste la camiseta. ¿Qué pasó?

R. Le pedí la camiseta, escucha qué categoría, y me dice: “La tengo ya comprometida que me la han pedido. Cuando vaya a la ciudad vuestra en el partido de vuelta, yo te la doy”. Eso Diego, ¿eh? A la ciudad vuestra, decía, que no sabría el hombre ni cuál era. Cayó malo con hepatitis y no fue a Zorrilla. No se recuperó. Yo salí al campo una hora y media antes y me vino a ver el capitán del Barcelona, que era Tente Sánchez, y me dice: “Tengo un paquete para ti”. ¿Sabes lo que era? Diego le había dado dos camisetas suyas con el número 10. Dime tú: ¿quién hace eso ahora? Estamos hablando que Maradona tendrá 21 o 22 años entonces. Pero esto va a más. Termina la temporada. Yo me voy a Barcelona a ver al hijo que yo tengo allí, de cuando estaba casado con la catalana, y a ver a mis padres. Jugaba Barcelona-Real Madrid la Copa de la Liga, que ese año la ganó el Madrid. Estaba yo en una discoteca muy famosa de Barcelona y me veo entrar a Juanito, Juan José... “¿Qué haces aquí?”, me dicen. Yo allí con mi Renault Fuego. Y Juanito me preguntó por una discoteca donde habían ido otros compañeros y les dije: “Montaos que os llevo a los dos”. Los llevé a todo el centro de Barcelona. Nos tomamos nuestras copitas y al salir eran ya las dos y pico, casi las tres de la mañana. Y me veo llegar de frente a Diego Maradona, con sus guardaespaldas y el amigo ese que luego le engañó, Jorge Czysterpiller. Él era ya un ídolo. Y me conoció. ¡Se acordaba de lo de las camisetas! Era un encanto de persona. “¡Tómate una copa!”, me dijo. El portero me trajo el coche y me di cuenta de que me habían roto el cristal y habían robado el bolso de la chavala, donde iban mis tarjetas de crédito y la documentación mía. Al rato, salió Diego de la discoteca y me vio allí, parado. Le conté que me habían robado la cartera, las tarjetas... “¿Necesitas dinero?”, me dice. Que no, que no... “Toma mi teléfono y me llamas si necesitas algo a la hora que sea”, me dijo. Puse mi denuncia, me fui para el hotel, llamé el banco... Y ya está. Al día siguiente, ya al mediodía, pensé en llamarle para darle las gracias por haberse preocupado. Marqué el número y lo cogió una mujer: “Hola, soy Claudia”. Era su esposa Claudia Villafañe. Le dije: “No lo llames, dile que todo está en orden y que muchas gracias por todo”. A los dos días, llaman al club. Al Valladolid. Era Maradona. Un tipo espectacular, en serio.

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