Homenaje a Soto de Rojas

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En algún despacho de alguna planta noble de algún edificio de propiedad municipal situado en nuestra ciudad, un señor —supongo— o una señora —más raro— ha tomado la decisión de vallar el Parque María Elena Moyano-Madre Coraje. El Parque María Elena Moyano-Madre Coraje se llama en realidad Parque de los Teletubbies, o viceversa, porque el nombre que se asigna a algo corresponde al nombre al que se alude en el día a día, y no al que figura en una placa, y desde el momento en el que alguien cortó una cinta y sonrió para una foto y a otro alguien —un señor o señora que lo miraba todo y preguntaba esto para dónde es y/o esto cuándo sale— se le ocurrió relacionar un punto en el mapa de Córdoba con un decorado que salía en la tele, pues con Parque de los Teletubbies se quedó. Este aspecto lo desconocerá el señor o la señora que ocupa algún despacho de algún edificio no de alguna ciudad, sino de esta, igual que ignora el/al barrio en el que respira el Parque de los Teletubbies, o la vida que se vive allí.

Los Teletubbies es el Central Park de mi barrio y es El Retiro a pocos metros de nuestra casa y es una selva del Amazonas y paro de contar porque no tengo la Wikipedia a mano. En los Teletubbies ocurre lo que en todos los parques que en el mundo se secan más que florecen, por recurrir a la metáfora tradicional, que adorna, asienta y da esplendor: abuelos dirimiendo cuestiones trascendentes para el rumbo de la humanidad, nietos jugando por las montañitas —Levante, Capital Iberoamericana de la Cultura Pop—, manos de adolescentes en el lugar en el que deben posarse las manos de los adolescentes, perros ladrando, un puesto de caracoles en primavera y otro de castañas en invierno, ambos recomendables. Una cancha de baloncesto para que haga deporte quien prefiera el aire libre o carezca de presupuesto para el gimnasio de al lado, y un mural que resiste el paso de los años, al que los vándalos de siempre han respetado, y que cada tarde, al regresar de la oficina en autobús, eleva mi ánimo cual Comaneci de las jornadas laborales. También verbenas. A veces atracciones infantiles. Reuniones de vecinos, improvisadas o con convocatoria.

En el Parque de los Teletubbies se vive vida de la verdadera.

En el Parque de los Teletubbies se vive vida de la que molesta.

El Ayuntamiento de Córdoba ha anunciado que vallará el parque: las rejas cuestan 106.130 euros, según leí en Diario Córdoba, y el coordinador local de IU cifra el coste del cierre en más de 430.000 euros. Una u otra cifra ofenden en un barrio cuyas necesidades urgentes no incluyen el acotar la entrada a un espacio público abierto; la única zona verde en un distrito con mucho de cemento y más de carne y hueso. Porque los Teletubbies no es el Central Park y no es El Retiro ni aparece en las guías turísticas —aquí ni siquiera llegan las de misterios y leyendas— ni sirve para etiqueta en Instagram, de acuerdo, pero a mí me lo parece, y cerrarlo implica dos ofensas: la real, el hecho de que a partir de cierta hora no puedas ni asomarte, y la simbólica, el hecho de que un espacio abierto ahora se apellide cerrado.

En el parque falta iluminación, cuidado en la jardinería, reparación de pavimento, algo más de mobiliario urbano. Pero no faltan rejas ni vallas que transformen el parque en un gueto: que expulsen de allí la vida y que lo aíslen de la realidad, que resten a algo que pertenece a todos. Si les preocupa el ahorro ante la salvaje subida de la luz, me voy a reír un poquito, venga, todos juntos: ja, ja, ja. Si les preocupa esa vida de la noche, que recuerden que nadie duerme en un parque en diciembre por gusto, y que quizá esos miles de euros se necesiten más a pocos metros, en los Trinitarios o en la Cruz Roja, o en casas de vecinos del barrio. Vecinos a los que en otras noches más amables, las de verano, se les impedirá —con el horario de cierre— esa vida verdadera, la de quien sabe que la calle es de todos, no solo de unos pocos, y se tiene que vivir. Si lo que quieren es convertir el Parque de los Teletubbies en otra Ciudad de los Niños y las Niñas, con su entrada y su bono mensual y su bono anual y sus descuentos como si el Parque de los Teletubbies no se tratara del Parque de los Teletubbies sino de un centro de estética que publicita sus ofertas en Groupon, ah, pues ya hablamos de otro asunto.

En alguna estantería de algún despacho de alguna planta noble de algún edificio de propiedad municipal situado en nuestra ciudad imagino, como en tantas otras ocasiones, un único libro: Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, de Pedro Soto de Rojas. Inspirado por el título, sin leer un solo verso, el señor o la señora que se sienta en ese despacho ya concreto, con un sueldo pagado por usted que me lee y por mí que escribo, y por la abuela que queda con sus amigas en el parque para charlar al solecito de invierno, y por el padre del chaval que encesta con los amigos en lugar de yo qué sé qué, ese señor o esa señora, a lo que iba, ha concluido que la solución para arreglar algún conflicto que se le ha ocurrido o en fin ya saben ustedes cómo suceden estas cosas —amigos que ponen rejas y vallas y tal—, la solución, decía, consiste en cerrar el Parque de los Teletubbies y limitar su horario y su acceso. Y esto lo plantean así, inamovible, por muchas firmas que se recojan —en ello se empeña una plataforma— y por mucho diálogo que se solicite.

Para usted, señor o señora que jamás ha pisado mi barrio, que no sabe lo que una mínima e insuficiente zona verde como el Parque de los Teletubbies significa para mi muy poblado barrio, para mi barrio lleno de votantes de los que nadie se acuerda salvo cuando faltan unos meses para las elecciones, para mi barrio lleno de ciudadanos que necesitan mucho y en cuya lista de peticiones no figura cerrar el parque, para usted, señor o señora, una mierda de perro cagada entre montañita y montañita, en el crepúsculo. Con cariño.

Actualización del 29 de diciembre: leo que otra asociación de vecinos del barrio apoya el vallado y acusa a la plataforma y a IU de querer dividir a los ciudadanos. Lo apoyan, más o menos, porque hay delincuencia y mendicidad por la noche; si el parque se cierra, se marchan de allí, como si a pocos metros no esperase el Jardín de la Luna o la Plaza del Corazón de María o los portales o las muchas calles oscuras por las que no pasa nadie. Y como aquel que, en lugar de afrontar la suciedad de casa, y limpiar y sacar la basura, e iluminar y vigilar, levanta la alfombra y esconde ahí las pelusas y los pizcos del pan.

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