De semillas, patentes y transgénicos…

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…o de cuando controlan hasta lo que comes

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Aun así, normalmente, cuando se habla de copyright o copyleft, entendida como la licencia que permite la difusión libre del conocimiento, el debate se centra en cineastas, músicos, pintores y artistas de todo tipo. Casi nunca se habla de periodismo o literatura. Pero mucho menos de un ‘copyright’ que nos afecta especialmente y que está acabando con millones de vidas en medio mundo. Me refiero a las patentes de semillas que están surgiendo en el sector de la alimentación y de la agricultura. Un problema, a mi juicio, mucho más importante que el del resto de licencias.

La llegada de la ingeniería genética revolucionó el derecho de las patentes. Hasta no hace muchos años era inconcebible patentar las semillas agrícolas, pero hoy todo organismo genéticamente modificado puede ser patentado por la empresa que desarrolle la investigación, algo que está llenando nuestros mercados de productos transgénicos que están poniendo en peligro la sostenibilidad mundial.

Los OMG (Organismos Modificados Genéticamente) amenazan nuestra salud, deterioran el medio ambiente y destruyen la agricultura familiar o sostenible, agravando el hambre en el mundo. Es urgente aplicar el principio de precaución y parar el experimento genético que se está llevando a cabo a escala mundial.

A grandes rasgos, se puede decir que algunas multinacionales biotecnológicas como la norteamericana Monsanto se dedican a estudiar e investigar con las semillas, modificándolas genéticamente para obtener una semilla “nueva” que ya pueden patentar como propia. Después, plantan estas semillas que, a través del polen que desprenden, contaminan todos los cultivos adyacentes. Por tanto, multitud de campos de trigo, soja, colza, algodón… se manipulan genéticamente, contaminados por los cultivos “patentados”. Pero no acaba aquí el problema, pues cuando estas grandes multinacionales de las semillas se percatan de que hay terrenos donde crecen sus “patentes” sin autorización, denuncian a los campesinos y les expropian los terrenos, robando así los beneficios y sustentos de millones de agricultores.

Parece una locura, pero podéis comprobar en decenas de webs los graves problemas de salud derivados de transgénicos que empresas como la multinacional Nestlé aplican a la totalidad de sus productos. Estamos inmersos en una verdadera guerra por el control de las semillas. Y aunque los movimientos de resistencia a las multinacionales de la agroalimentación (semillas, transgénicos, pesticidas, industrias de transformación, agua…) se están oponiendo con fuerza, la gran parte de la sociedad es ajena a esta preocupante problemática.

Las semillas son la base de la alimentación y de la soberanía alimentaria de los pueblos, por lo que un objetivo estratégico de primera importancia es luchar contra estas multinacionales. El grupo alternativo ETC (Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración, de origen canadiense) nos advierte de que “las diez principales compañías controlan casi el 70% del mercado mundial de semillas. La mayor empresa semillera del mundo, Monsanto, tiene casi un cuarto del mercado mundial de semillas patentadas. Juntas, las tres principales compañías (Monsanto, DuPont, Syngenta), tienen casi la mitad del mercado mundial de semillas patentadas”.

En cuanto a propiedad intelectual, solamente Monsanto, DuPont y BASF acumulan el 66% de todas las patentes, tanto otorgadas como solicitadas, y relacionadas especialmente con la resistencia a la crisis climática. Además, estos cultivos transgénicos no alimentan al mundo, pues el 99,5% de los agricultores no los cultivan.

¿Manipulación genética? ¿Cómo?

La forma de maniobrar de estas multinacionales de la biotecnología es relativamente sencilla. En Inglaterra necesitaban un tomate que madurara más tarde y que aguantara las duras condiciones del invierno nórdico. Pues bien, para conseguirlo determinaron los genes de varios peces aclimatados a vivir a temperaturas bajo cero y los traspasaron al tomate, creando un “supertomate” medio azulado (el de la foto de la izquierda)  que cumplía con los objetivos buscados. ¿Gran invento? Eso dicen, sin contarnos lo perjudicial que es para nuestra salud injerir ese tipo de alimentos tratado con decenas de pesticidas y herbicidas en un laboratorio.

Durante miles de años, los campesinos y principalmente las campesinas trabajaron para mejorar los rendimientos, el sabor, el valor nutricional y la adaptación a los ecosistemas locales, a partir de sus semillas tradicionales. Históricamente, la conservación, la resiembra y el intercambio gratuito de semillas han sido la base de la biodiversidad y de la seguridad alimentaria. Este intercambio campesino incluía también una difusión de conocimientos, ideas, costumbres y culturas heredadas. Pero según se desveló en la Comisión Internacional para el futuro de los alimentos y de la agricultura, hoy en día la diversidad y el futuro de las semillas se encuentra amenazado. De 8.000 plantas comestibles utilizadas para la alimentación, solo 150 son cultivadas actualmente y nada más que ocho se comercializan a nivel mundial. Esto implica la desaparición irreversible de las semillas y de la diversidad de los cultivos. Y según datos del Convenio de Diversidad Biológica, solo quince variedades de cultivos y ocho de animales representan el 90% de nuestra alimentación.

El hambre en el mundo

Que no nos engañen más. Las grandes multinacionales de la biotecnología llevan años diciendo que los transgénicos ayudarán a paliar el hambre en el mundo. Pero tras una década donde su único afán ha sido monopolizar la producción, se ha demostrado que no tenían razón. Aunque decían que estas semillas manipuladas genéticamente aguantarían sequías, plagas y demás perjuicios para su crecimiento, se ha comprobado que no es así. La ingeniería genética no ha aumentado el rendimiento de ni un solo cultivo y ha esclavizado a los agricultores de todo el mundo, que además de ver cómo se han contaminado sus tierras han sido denunciados por estas multinacionales por usar semillas patentadas sin pagar por su utilización.

Es más, lejos de acabar con el hambre en el mundo y de mejorar la calidad de vida de los campesinos, los transgénicos agravan la inseguridad alimentaria y los riesgos a la salud, además de ser un fracaso a la hora de aumentar las cosechas. Si a esto sumamos que este tipo de agricultura industrial usa fertilizantes sintéticos y agroquímicos que contaminan suelos y agua y contribuyen al cambio climático, los resultados podrían catalogarse de desastrosos.

La combinación de patentes, contaminación genética y expansión de monocultivos significa pérdida total de libertad, la libertad de cultivar y de producir alimentos como se ha hecho durante miles de años. Los ciudadanos están comiendo basura contaminada y los agricultores están atados de pies y manos al no poder plantar ni guardar sus propias semillas. Según algunos datos, más de 250.000 campesinos se han suicidado en la India debido a que Monsanto ha creado un monopolio a través de semillas de algodón que les ha llevado a la ruina y a la miseria más escandalosa. Por eso, hemos de luchar contra el monopolio de las semillas y contra su contaminación a base de transgénicos manipulados. Para empezar, deja de comprar a empresas que producen este tipo de productos. Greenpeace publica anualmente un completo informe donde aparecen las empresas que comercializan transgénicos y las que no. Empecemos por ahí: Guía roja y verde de alimentos transgénicos. Como verás, entre los ‘rojos’ destacan multinacionales como Nestlé o Danone. No permitamos que sigan jugando con nuestras vidas.

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