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Picadillo y cine de verano en tiempos de Netflix

Alberto De los Ríos

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Cae la tarde y serpentea uno por las calles de la ciudad buscando aún la tarde. Pero cuando la noche reina todos los caminos conducen al cine, a los cines de verano. Fiambreras equipadas, abanicos y botellas de agua listas y entradas compradas a través de la pequeñas taquillas son el equipaje previo de quienes se acercan como refugio del verano en el frescor de esos templos del cine al aire libre que pueblan nuestro paisaje veraniego.

Entrar en un cine de verano en Córdoba es entrar en un espacio compartido, en una forma de ver juntos y juntas los éxitos cinematográficos del año y revisar algunos clásicos de vez en cuando. No es sólo una actividad receptiva, sino un estar compartido, con la familia, con los vecinos, las amigas, unos invitados, o acercarte solo a ver con quién te encuentras.Hasta se permite un cierto ruido: el de las pipas, el abrir de una lata de cerveza o de gaseosa, el de alguien que encarga uno de lomo con pimientos en el ambigú, algún comentario con los vecinos de la mesa o de sillas.

El estupendo documental de la asociación Torre del Viejo, al mando de Pedro Pascual, Picadillo y Cine, nos ha vuelto a traer lo que ya está en nuestra memoria de forma natural, recordándonos, de forma magistral y emocional, que es parte de nuestro patrimonio inmaterial, cines sucesores de las casas con huerto que mantienen un entorno natural de jazmines, damas de noches, gitanillas, gatos y lagartijas en la pantalla que hemos frecuentado quienes habitamos esta ciudad en el cine Fuenseca, Delicias, en el Olimpia que estaba (y está) junto a la piscina de niñas de la calle Zarco en San Agustín (hasta que los chicos nos hacíamos mayores), o los desaparecidos Terraza Magdalena o Maxi, que eran paisaje de quien escribe estas líneas.

Conviene reconocer y agradecer el esfuerzo de quienes, como el empresario y cinéfilo Martín Cañuelo, contribuyen con su dedicación y su valentía a conservar nuestro patrimonio y una forma de ver, estar y sentir en común, en tiempos donde cada uno puede llevar en el bolsillo toneladas de series en un smartphone y donde pantallas de calidad enorme te pueden atrapar en casa con facilidad. Formas de ver, estar y sentir contemporáneas, más individualistas, inmediatas, donde la cartelera la elige uno, pero que pueden convivir y conviven con el mantenimiento de nuestros cines de verano. Porque nos gusta vivir juntos, relatar, referir y hasta criticar en compañía la película o a los vecinos.

Lo dicho. Vivan los cines de verano.

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