Hemos conocido recientemente el contencioso contra la decisión de cambiar el nombre de la plaza de Cañero, según acuerdo de Pleno y en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica. Anteriormente hemos visto agitar las aguas de otros cambios de callejero por parte de sectores conservadores de la ciudad, aventados por el Partido Popular.

Ante esto, las administraciones no deberían tener miedo ni quedarse en aguas tibias y seguir adelante con el cumplimiento de unas leyes que, aunque tardías, son de un mínimo requisito democrático.

Ha pasado el tiempo de la transición, puesta en marcha desde dentro del régimen y desarrollada en medio del miedo a volver a desenterrar fantasmas. Ha pasado el tiempo del desconocimiento de figuras como Cañero que los historiadores han desvelado en sus aficiones de limpieza de rojos por la sierra. Ha pasado el tiempo y otras generaciones han nacido en democracia y sin complejos.

Los que estamos unidos familiar y sentimentalmente al barrio de Cañero somos capaces de entender que no se puede levantar la cabeza y mirar al horizonte de una ciudad donde aparezcan rótulos de calles homenaje a miembros y colaboradores de dictaduras, cuando vivimos en una ciudad cuajada de personajes e historia aún sin reconocer. Ni imaginar quiero lo que pueden pensar las familias de las víctimas del franquismo y de la guerra.

No tuvimos la suerte de vivir un proceso de desnazificación, como lo hizo Alemania. Pero si ha llegado el momento de retirar los homenajes, monumentos y honores a quienes tomaron y gobernaron este país por derecho de conquista, sobre sus cenizas y sobre el dolor de millones de personas y su silencio de décadas. Y el momento de informar, difundir, enseñar, divulgar con claridad sobre Memoria Histórica, tal y como señalan las leyes, por cierto, al respecto del período informativo previo, de vital importancia.

Merecemos levantar la cabeza, perdernos en una ciudad hermosa como ésta y no sentir vergüenza. No es cuestión de revanchas sino de decencia y de sentido común democrático al que deberían unirse todas la fuerzas políticas, a derecha e izquierda, porque la democracia que todos dicen defender no se compadece con los homenajes a dictaduras.

Ni mausoleos en el Valle de los Caídos ni direcciones postales manchadas de oscuros nombres de historias que no debieron ocurrir. Ni cunetas sin abrir, ni seguir en la lista negra de desaparecidos al nivel de Camboya. Es tiempo de que las administraciones sean  valientes. Y cañeras en su acepción popular. Valientes y cañeras: sin miedo.

 

Nota: según la RAE, en su acepción segunda, popular, cañero es “el que da caña”.

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