La vuelta al ‘cole’

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Por fin llegó el día. Ese que llevábamos esperando con ilusión tantos meses. Ayer mi hijo mayor empezó el ‘cole’. Y lo que, en principio, puede parecer algo traumático se convirtió en una jornada divertida que los pequeños compartieron con sus papás. Hoy la cosa ya va en serio y las reacciones de los enanos seguro que han cambiado respecto al día anterior.

Debo dejar claro que este post lo escribo antes de conocer la reacción de mi hijo al verse entrar solo en su clase, rodeado de amiguitos nuevos y una ‘seño’ para él desconocida. Aún así me atrevo a apostar por él y decir que seguro se queda receloso, pero sin más problemas. ¡Ha sido tanta la comedura de tarro de estos meses de verano que el pobre entenderá ya el ‘cole’ como algo suyo! Cada vez que pasábamos por la puerta del recinto siempre gritaba: “Mamá ¡mi cole!”. Se mostraba emocionado e impaciente y preguntaba siempre cuándo iba a ser el momento de entrar. Todos los días la misma historia, aunque a mí me divertía la situación, para qué vamos a engañarnos.

La fecha se fue acercando y tuvimos que empezar con los preparativos. Prometo que desde que estos primeros días de septiembre se me han hecho más largos que todo el verano junto. Es como el embarazo, en el que las últimas semanas se hacen eternas a la espera de que por fin llegue el ansiado final. Tanto preparar la vuelta al ‘cole’ que parece que el día nunca va a llegar.

Debo confesar que me ha emocionado comprar el uniforme, los zapatos, la mochila, las cintas adhesivas con sus apellidos para marcar la ropa… Y luego lavarlo todo, plancharlo, colocar los nombres… He disfrutado mucho.

La mañana de ayer fue de nervios e ilusión. La noche del lunes me sorprendió que mi pequeño estuviera tan tranquilo y se durmiera sin grandes sobresaltos. Sin duda, yo estaba más alterada que él. ¡Era su primer día de colegio! Ayer me desperté antes que ellos y cuando fui a su dormitorio a ver cómo estaban me encontré al chico de pie en su cuna y al grande a caballo entre su cama y la de su hermano. Cuando me vieron, a los dos les dio la risa nerviosa de quién sabe que está cometiendo una travesura. Cuando le dije al mayor que hoy era un día muy importante para él, no sabía de qué estaba hablando. Le tuve que recordar que era su primer día de ‘cole’… Enseguida se puso las pilas y, aunque tardó en desayunar casi 45 minutos, logramos comenzar a vestirnos a tiempo.

La anécdota-disgusto del día vino de la mano de los zapatos del muchacho. Sí, aquellos que yo misma le probé y le compré diez días antes y que le quedaban perfectamente. Pues a la hora de salir corriendo va el niño y me dice: “Mamá estos zapatos me aprietan”. Lo miro extrañada, me agacho a tocarle el pie y descubro muy asombrada que ¡el dedo gordo se le va a salir de la punta! Lo reconozco, cundió el pánico. ¡No tenía otros zapatos preparados! Llamé a la tienda, pregunté si tenían un número más e intenté que alguien fuera a por ellos y me los trajera antes de 15 minutos. Era misión imposible, por lo que desistí al momento, aunque lo intenté. Al final lo llevé con las bambas de toda la vida, sucias del día anterior. Aunque lo intentamos arreglar con ‘canfor’, no conseguimos que aquello pareciese salido de la lavadora. Me consolé cuando al llegar al colegio descubrí que cada niño iba como le dio la gana a sus padres y no como marcaban las normas. Vamos, que eso de respetar el uniforme no es cosa del primer día. Esperemos que desde hoy mejore la cosa.

Por la tarde fuimos a descambiar los zapatos y lejos de llevarme un número más, al final fueron dos. No sé cómo estuve para llevarme el número que me llevé, la verdad. O que el niño ha pegado un estironcillo de pies y ha subido dos números del tirón, que oye, todo puede ser.

Bueno, que hoy sí que sí. Que esto ha empezado de verdad y que yo sigo nerviosa y ¡muy emocionada! Os deseo, a todos lo que esta semana habéis empezado curso, un año lleno de alegrías y ¡buenas notas! ¡Ah! Y un feliz regreso a la rutina.

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