Momentos ‘Activia’

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Voy a desahogarme. Ya que se va acabando el verano, aprovecharé esta plataforma para soltar mis angustias estivales. Y aviso a navegantes: quién se considere sensible y altamente sugestionable que no siga leyendo porque hoy toca post escatológico. Os voy a hablar de la caca. Bueno… más que de la caca, del momento de ir a hacerla.

Yo es que, a este respecto, más que un post, ¡tengo para un libro entero! No os voy a escribir sobre el chico que, el pobre, más o menos, mejor o peor, sigue usando pañales (aunque a veces éstos no sirvan de nada) y todo es más cómodo. Esta entrada del blog va dedicada a mi hijo mayor y a su frase más inoportuna: “Mamá, quiero hacer caca”. La pronuncia, normalmente, cuando el resto de personas que lo acompañamos estamos comiendo. Podría hacer un estudio científico al respecto, pero os aseguro que no me equivocaría nada tras certificar que esto ocurre en el 90% de las ocasiones.

Sin embargo, esta frase no implica una prisa exacerbada. Mucho peor es cuando grita: “¡Caca!”, con vocecilla entrecortada, poniéndose de puntillas y colocándose la mano en el culillo en plan ‘no puedo más’. Hay que salir corriendo sin más remedio. Y lo hacemos, a pesar de que, por el camino, se para en mil y una historias, algo que no logro comprender. En esa carrera hacia el baño, en la que se supone que el final feliz no va a llegar nunca, en la que los metros hasta el inodoro podrían serle interminables… ¡Todo le llama la atención y se detiene con cualquier minucia! Lo tengo que llevar casi a rastras y eso que, cuando llegamos, lo coloco y, cuando apenas he cerrado la puerta, me dice: “¡Mamáááááááááááááááá yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!”. Increíble.

En fin. Todo marchaba sobre ruedas hasta que ha llegado el verano, las vacaciones y las salidas a deshoras. Debo confesar que soy algo escrupulosa y que hay pocas cosas que me den más asco que hacer estos menesteres en baños públicos. Así que, como sabía que mi hijo me la iba a jugar, me retraje un año atrás y comencé a preguntarle a todas horas si quería ir al baño. Así las cosas, un día quedamos con unos amigos para ir a la playa y echar allí el día. Me pasé toda la mañana, mientras aún estábamos en casa, preguntándole. Os imagináis la respuesta, ¿verdad? Pues fue poner un pie en la arena y decir el niño la frasecita del demonio. Y, ¡Dios mío! Una cosa es un baño público y otra muy distinta es el baño de un chiringuito de una playa abarrotada. Le puse un pañal. Sí, se lo puse. Y él me preguntó que por qué. Lo tuve que convencer, pero se lo puse. La falta de costumbre hizo que no pudiera concluir la tarea.

Las ganas se fueron, aunque llegaron después. Con la cosa de que es un niño (en masculino), derivé la responsabilidad en su padre, que lo llevó al baño de caballeros. Vamos a ver, ojos que no ven, corazón que no siente. Así que, cuando volvieron con el paquete de toallitas a la mitad de volumen que cuando se lo llevaron, me imaginé el percal que se encontraron. Repito: ojos que no ven, corazón que no siente. Y ahí quedó la cosa.

Para mi desgracia, no siempre he podido declinar en mi marido la difícil tarea de que el niño haga caca en un baño sin rozarse con nada. Sabéis que en algunos aseos masculinos no hay inodoros, sino sólo orinales a media altura, imposibles para un niño tan pequeño. Para otras ocasiones, he descubierto un truco (algo políticamente incorrecto aunque supongo que perdonable en última instancia): localizar un baño para minusválidos. Son mixtos, más grandes y, al estar menos utilizados, algo más limpios que los otros. Incluso, a veces, éstos están adaptados a bebés también. No es que me guste la idea pero eso es mejor a nada.

Y a partir de aquí, dejo a vuestra imaginación que maquine las cosas que nos han podido suceder en estas situaciones (y han sido muchas). Seguro que a vosotros también os han sucedido anécdotas, incluso peores que a nosotros. Pero mejor nos tomamos un café y nos las contamos en persona. A mis hijos, sobre todo al mayor, le divertiría muchísimo.

Lo bueno,que los días de verano y descontrol se van terminando. Que pronto todo volverá a la normalidad, recuperaremos la rutina y los momentos ‘Activia’ se harán donde siempre: en casa. ¡Ay, por Dios, qué ganas!

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