Mi particular apoyo a la familia de Ruth y José

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Post difícil el que hoy os escribo. No quiero seguir echando leña al tema de los niños Ruth y José pero, como madre y responsable de este blog dedicado a mis experiencias maternales, me siento en la obligación de dedicar unas líneas a expresar mis sentimientos acerca de todo lo que ha pasado en los últimos meses en torno a este macabro asunto.

No voy a hacer recapitulación del caso porque no es mi cometido, aunque sí os diré que desde que se anunció la desaparición de los niños, una extraña intuición me llevó a pensar que el padre de estas dos criaturitas estaba implicado en la misteriosa desaparición. Nunca esperé un final feliz, aunque al principio reconozco que pensé que se trataba de un secuestro, una forma desesperada de hacer daño a la madre de los menores que nadie podía entender salvo él, el padre de esos angelitos.

Sin embargo, me asaltaban las dudas. Cuando un matrimonio se rompe, el dolor y el rencor pueden invadirnos a todos, aunque nunca entenderé las venganzas con niños de por medio. Ellos son los más perjudicados en una separación, ¿por qué utilizarlos, además, como moneda de cambio? Al poco tiempo, el asunto tomó tintes más serios. La policía apenas dejaba esperanza de encontrar a los niños con vida, aunque seguíamos sin saber qué había pasado con ellos. No me sorprendí cuando José Bretón entró en prisión sin fianza como responsable de la desaparición y, aunque los meses pasaron sin novedades en la investigación, la noticia del hallazgo de huesos humanos en la hoguera consiguió estremecerme cuando la leí a través de Twitter en aquella madrugada del mes de agosto de 2012. Ya no había duda alguna, aunque habría que esperar al juicio.

En todos estos meses no he hecho más que intentar ponerme en la piel de Ruth Ortiz, la madre de los pequeños. Pero no he conseguido llegar del todo a empatizar con su dolor. Desconozco cómo se debe sentir esa mujer oyendo, cada día y sin descanso, que sus hijos están en boca de todo el mundo y cómo se han cubierto horas y horas de televisión sometiendo el caso a un juicio mediático de dudosa trascendencia. Personalmente, creo que no lo hubiera soportado. Y, si me hubiese sentido con fuerzas suficientes como para dar la cara, tal y como ha hecho ella, me habría derrumbado en múltiples ocasiones o sufrido incontables ataques de histeria. Por eso la admiro: por su entereza, por su fuerza, por su perseverancia, por su tranquilidad ante las presiones, por haber estado ahí, enterándose de todo en primera persona, sin dejar que nadie se lo cuentes después. Yo no hubiera tenido valor para estar en la misma sala que él. Me hubiera vuelto loca sólo pensando en su rostro, en que me ha quitado lo más importante que me ha dado la vida. ¿Quién es él para decidir sobre la vida de nadie? ¿Quién es él para romper la vida de sus hijos y destrozar la existencia de toda la familia?

Dicen que es un psicópata que distingue entre el bien y el mal pero que no siente dolor por las consecuencias de sus actos. Entonces, a este individuo la cárcel no va a servirle de nada. Si no se suicida antes, su probable buen comportamiento hará que salga antes de cumplir la totalidad de su condena y entonces, él habrá perdido parte de su vida pero nadie podrá devolver la suya a los pequeños.

No puedo describir el sentimiento que me invadió la pasada semana cuando leí el veredicto del jurado. Esos 21 puntos en los que se describe con pelos y señales todo lo que pasó aquel fatídico 8 de octubre. Pese a haber quedado probados los hechos que se narran, nada demuestra cómo fallecieron los pequeños. Ojalá me equivoque pero pienso que nunca lo confesará. Y esta será su particular venganza. Ha sembrado la duda de si los niños están realmente muertos o no. Y él sabe que cada una de las veces que Ruth piense en ello, aunque sea por una milésima de segundo, le hará daño. Mientras tanto, él estará disfrutando en su celda. Y esa será su única razón de vivir.

Envío mis rezos a Ruth Ortiz y su familia. Comparto su dolor aunque no puedo llegar a comprenderlo porque no hay pena más grande que la pérdida de un hijo, y más, en esas circunstancias. Rezaré también por la familia de José Bretón, para que sepan lidiar con esta difícil situación que les ha tocado vivir y para que no duden en contar todo lo que sepan. La familia materna tiene todo el derecho del mundo a saber la verdad y a enterrar cristianamente a los pequeños. Ya está bien, ya ha pasado demasiado tiempo.

Con este sentimiento agridulce me despido por unas semanas en las que intentaré desconectar. Os deseo a todos unas felices vacaciones.

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