img_20170906_203337Escribí esta Tribuna en 2013, hace ya cuatro años, con el título “4D: Nuestro derecho a decidir”. Y, sin embargo, parece que lo hubiera hecho esta mañana. Soy de los muchos que no queremos que se asocie la imagen de Andalucía con el ¡A por ellos!, ni con quienes apoyaron a Rajoy en su investidura, ni con quienes lo hacen ahora con la aplicación del art. 155 CE que certifica el fracaso de la política. Soy de los muchos andaluces y andaluzas que piensan que este conflicto se tenía que haber resuelto con política hace mucho tiempo, y de los que no pierden la esperanza en que todavía pueda resolverse mediante un diálogo que permita un referéndum en Catalunya. Constato la realidad de la existencia de una gran parte del pueblo catalán que se ha desafectado del Estado español y de otra gran parte que entiende que la solución no puede ser la ausencia de alternativas. Pertenezco a los muchos ciudadanos que llevan reclamando desde hace años un proceso constituyente para acomodar la Constitución a los tiempos que corren. La mejor forma de conservar una vivienda no es mantenerla intacta hasta caer en ruinas. Creo que es el momento de encontrarnos en lo que nos une y no anclarnos en lo que nos separa. Y para ello, el precedente andaluz del 4D debe servir de horizonte y a nosotros de barricada. Horizonte, porque demuestra que la movilización ciudadana es la que condiciona la redacción de la ley. Y barricada, porque cualquier reforma integral que se realice no puede mutilar nuestros derechos adquiridos como pueblo.

(La fotografía es de uno de los carteles institucionales de la Junta de Andalucía en la que queda patente que el objeto del referéndum era la consecución de la autonomía plena. Votamos para ser como las que más en el Estado. Y así lo pedía la propia Junta de Andalucía que ahora lo niega).

4D: Nuestro derecho a decidir

Era un niño en 1977. Y todo lo miraba con los ojos de un niño. Inocentes por nuevos. Las calles y las horas eran infinitas como las sensaciones recién estrenadas. Quizá ese día estuvieran llenas de banderas andaluzas. Pero yo no tenía la más mínima conciencia política más allá de la admiración por mi abuelo libertario. Es probable que aquel 4 de diciembre me sintiera libre y mayor escogiendo un libro de su diminuta biblioteca. A mí me parecía enorme. Como él. Entonces no teníamos biblioteca pública en el pueblo. Y los pocos libros de mis padres y amigos, incluida la guía de teléfonos, sólo servían para decorar las estanterías del mueble-bar. Pudo haber sido aquel 4 de diciembre cuando mi abuelo abrió con llave los cajones de abajo. Allí guardaba con celo un diccionario y otros ejemplares forrados con hule de colores. La clandestinidad obedecía a su origen emocional: los había leído en el penal del Puerto de Santa María. Toma el que quieras, me dijo. Y fue entonces cuando de verdad me supe libre y mayor. Capaz de todo. Porque me permitió elegir entre lo visible y lo revelado, entre lo permitido y lo prohibido, entre lo asequible y lo deseado. Había conquistado mi derecho a decidir.

Andalucía lo exigió y conquistó en la calle aquel 4 de diciembre. Es importante recordar que en 1977 no había Constitución. Un lobby de poder político y económico estaba diseñando el modelo democrático, social y territorial del Estado. A nadie escapaba que Cataluña y Euskadi serían reconocidas de manera diferenciada en el futuro texto constitucional. Andalucía no quería ser menos. Y se movilizó para ser como la que más. Sirva como ejemplo este párrafo tomado del ABC de 6 de febrero de 1977: “Será un error como lo fue hace 40 años, pensar que a pistoletazos o con prohibiciones se elimina la identidad regional de los pueblos de España. Hoy no es ayer, y el mañana -verde, blanco y verde- está llegando”. Aquel mañana llegó el 4 de diciembre. Y no sólo en Andalucía. Las manifestaciones en Madrid y especialmente en Cataluña convirtieron la causa andaluza en un problema de Estado. Andalucía se postulaba como sujeto político reivindicando el mismo reconocimiento que las comunidades con mayor autonomía. Pero aquel lobby constituyente nos dio la espalda. Y tuvo que ser Manuel Clavero quien incrustara el durísimo art. 151 en la Constitución para aliviar la injusticia. Sólo Andalucía hizo uso de aquel artículo infernal que permitía a los pueblos decidir y hacer historia. En consecuencia, aquel 4 de diciembre es el precedente más importante y actual del “derecho a decidir” que se debate en Cataluña. En la forma y en el fondo. El pueblo andaluz exigió decidir y el Estado se vio forzado a permitir una vía constitucional que lo hiciera posible. Y haciendo uso del mismo, a pesar de los escollos legales y políticos, Andalucía se sintió y se supo libre y mayor. Capaz de todo.

Lamento que aquel titular de ABC siga vigente: ni los pistoletazos ni las prohibiciones servirán para eliminar las identidades culturales de los pueblos del Estado. Suspendiendo la autonomía catalana o inhabilitando al presidente de la Generalitat, sólo conseguirán cebar electoralmente los nacionalismos catalán y español. Tal vez sea eso lo que busquen si Rouco Varela y Susana Díaz coinciden en defender la unidad de España. La solución pasa por normalizar el legítimo derecho de los ciudadanos y de los pueblos a elegir libremente su destino. Y eso no se consigue con estados de sitio que lo prohíban, sino con reformas constitucionales que lo permitan. A diferencia de la Constitución de 1931 que habilitaba un referéndum derogatorio para revocar una ley aprobada en las Cortes, la actual de 1978 nació con el miedo en el cuerpo a la democracia participativa. Sólo habrá referéndum, aunque no sea vinculante, cuando lo quiera el Gobierno central. Así es imposible. Y por eso entiendo que el Parlamento catalán se vea forzado a disfrazar las palabras, llamarlo consulta, basarse en el padrón, abrir la votación a mayores de 16 años y no llamar a la democracia por su nombre con tal de ejercerla. Decía Francesc Macià en 1934 que “desde el momento en que un pueblo siente y quiere su voluntad y lo expresa de una manera terminante, ya aquel pueblo no tiene por qué esperar a que unas Cortes se la den, sino que tiene derecho a proceder seguidamente a ir formando su estructura administrativa”. Y también lo entiendo. Como si nada hubiéramos aprendido después de una guerra civil, una dictadura y más de treinta años de democracia.

Y mientras tanto, Andalucía no entiende lo que ocurre porque enterró la memoria de la fecha más sublime de su historia política. Conmemorar el 4 de diciembre no es un ejercicio de nostalgia sino de justicia y verdad. Porque si fuésemos conscientes de lo que hicimos, volveríamos a sentirnos libres y mayores. Capaces de todo.

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