Poco antes de morir, Zygmunt Bauman decía sobre Donald Trump que era “con mucho, el más popular de los candidatos republicanos a la presidencia de los Estados Unidos, un hombre con un largo historial (en aumento constante, además) de siniestra retórica de odio racial y religioso, de invectivas formuladas en forma de nosotros contra ellos y de negativas a denunciar el lenguaje lleno de odio de algunos de sus partidarios” y coincidía con la calificación de Enma Roller, articulista de opinión de The New York Times, como “el candidato perfecto para esta era viral nuestra”. Tenía tanta razón que acabó ganando las elecciones. Pero no ganó la calle, sino las casas. No ganó las conciencias, sino las inconsciencias. No ganó la racionalidad, sino la fe.

En tiempos de incertidumbre, en tiempos de miedo, la gente se refugia en las certezas y en la manada. Y quienes lo saben, utilizan los púlpitos y los altares para sembrar dudas y pánico. La gasolina de la que se alimenta el poder. Poco importa que sea político, económico o religioso. La misma cosa a fin de cuentas. La sociedad se animaliza y acata lo que dice quien la protege, generando una verdad paralela que nadie se atreve a cuestionar. Aunque sea una mentira evidente, si proviene de quien defiende el nosotros, será que los otros mienten.

No hace mucho que el Obispo de Córdoba dijo en una homilía que “ningún partido representa a los cristianos: todos han claudicado”. Recuerdo que entonces pregunté que cuántos cristianos se sienten representados por un personaje así. Y un feligrés me respondió que estaba equivocado, que no entendía, porque el Obispo no era su representante sino su pastor. Y tenía razón. Yo estaba equivocado. Yo no entendía. Porque mi lógica es humana, democrática y racional. Pero la suya era divina, disciplinaria e irracional. En ningún momento cuestionará si lo que dice su pastor es verdad o mentira, conveniente o inconveniente, porque no es que tenga libertad de sumisión sino que sencillamente es sumiso porque no tiene libertad. Cuando el Obispo de Córdoba habla no se dirige a la sociedad entera, no le importa que científicos desmoten sus barbaridades, ni siquiera le importa mentir descaradamente cuando afirma que nunca tuvo la intención de cambiar el nombre a la Mezquita. Nos equivocamos. El Obispo de Córdoba es el pastor y sus ovejas obedecen. Son los otros quienes están descarriados. Son los otros quienes mienten. Son los otros los enemigos. Porque son los otros. Ahora entiendo lo que se esconde detrás de la letanía “por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos señor, Dios nuestro”. Y me estremece. Aún más, cuando nuestros ministros juran su cargo para dejar claro que se someten a la ley divina por encima de las leyes humanas. Que no son representantes sino ovejas. Por más que el Obispo de Córdoba diga a los suyos que les han traicionado.

Estoy cansado de repetir que no odio a nadie. Estoy cansado de repetir mi respeto a todas las confesiones. Pero no importa. Es el otro quien me odia y quien no me respeta porque no asumo su fe ciega. Porque no formo parte de su nosotros. Precisamente yo que no lo considero otro porque no entiendo que deban existir muros entre las personas, no importa cual sea su identidad política, religiosa o sexual. Pero estamos perdiendo la batalla. Analizando las raíces del odio, Zygmunt Bauman cita a un psicólogo de la Universidad de Hawai que ha descubierto que los momentos que con más ansia se desean compartir de forma viral son aquellos que “vienen directamente del inconsciente” como el odio, el miedo o la ira. Y es eso lo que comparten las “almas solitarias” que se ponen ante la pantalla de un móvil, una tablet o un portátil, dónde solo hay unos otros “virales presentes”. Si queremos ganar esta batalla cultural de la que depende nuestro futuro, debemos hacer viral la democracia y el respeto a los derechos humanos para romper los muros con los que intentan separarnos. No somos manada, sino seres libres. No queremos caridad, sino justicia. No tenemos más dogma que la duda. Y sólo tememos a los que temen a la democracia.

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