A la familia Vigueras, luchadores incansables por la memoria.

 

La realidad se descompone en dos dimensiones: lo que existe y lo que podría existir. Tan verdad son mis manos como lo que haría con ellas. Tan verdad soy yo como lo que estoy soñando. La legendaria fotografía de Robert Capa, Muerte de un miliciano, es real. Aunque pudiera ser falsa la muerte, la identidad del miliciano o el presunto lugar en que se produjo. Y es real porque nadie nos robará jamás la caravana de sensaciones que nos erizó las venas al contemplarla. Los iconos son falsificaciones por definición. Desde la imagen de un santo al cromo de un futbolista. Y se equivoca quien pretende encasillar un símbolo en los márgenes de la realidad tangible. Su misión es evocarla. Y en la medida que lo consigue, se hace realidad. Toda verdad es simbólica. Por más que a muchos nos joda que se edifique sobre mentiras cuando hay verdades de sobra.

Hace años que el profesor José Manuel Susperregui desmintió cuatro supuestas verdades sobre la instantánea de Robert Capa: es un posado y no la primera fotografía periodística de una muerte en directo; el modelo no fue el miliciano muerto Federico Borrell García, El Taino, sino un desconocido vivo; se tomó en Espejo (Llano de Bandas) y no en Cerro Muriano; y la hizo con la Rolleiflex de su compañera Gerda Taro y no con su mítica cámara Leica. Dando por ciertas sus investigaciones, el emblema de los testimonios gráficos de la guerra civil sería una burda mentira. Como su nombre. Antes de ser exiliado por la nazis en París, se llamaba Endre Friedmann. Entonces tuvo una causa justificada para cambiar su identidad. Pero, ¿qué necesidad había de mentir en esta fotografía?

Enviado a los 22 años junto a Gerda Taro para cubrir la guerra civil por la revista francesa Vu, la instantánea fue publicada el 23 de noviembre de 1936 dentro del reportaje gráfico “La guerra civil en España: cómo cayeron, cómo huyeron”. Justo debajo aparecía otra foto similar de un miliciano abatido del que apenas nadie se preocupó entonces ni ahora. Todo cambia  el 12 de julio de 1937 cuando aparece en Life con este pie de foto: “La cámara de Robert Capa captura a un soldado español en el instante en que es derribado por un balazo en la cabeza en el frente de Córdoba”. Pasa de ser una fotografía más a convertirse en un mito. ¿En que lío se metió Robert Capa para no contar la verdad desde el principio o no desmentir la farsa después? Y qué más da cuando la verdad es otra. La verdad es el símbolo. Y si parece abatido es porque lo fue. Y si no tiene nombre es porque pudo ser cualquiera. Y si no consta el lugar es porque pudo ocurrir en cualquier sitio. La verdad es que en ese instante congelado habitan los cientos de miles de milicianos que sí murieron en la guerra y que yacen anónimos en las cunetas de cualquier parte mientras sus familiares, las víctimas vivas, seguimos esperando justicia, verdad y reparación. 80 años después de aquel segundo eterno.

La tragedia hibernada en esa imagen es una alegoría de la masacre que se convierte por ello en la masacre misma y en el espejo de todas las masacres. El icono se ha hecho más real que la realidad misma. Y aún así, no seré yo quien lo justifique. Me duele que pueda ser mentira. Y no por la mentira misma sino por la injusta plaga de dudas que los enemigos de la memoria siembran sobre latifundios de horror tan cierto. Me duele en las cepas del alma porque tengo a familiares en las cunetas que no protagonizaron fotografía alguna. Decía George Orwell que ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante. Mucho más esfuerzo requiere ver la verdad enterrada y sacarla a la luz. De ahí la urgencia en la aprobación de una ley de memoria histórica que haga verdadera justicia a los vivos permitiendo enterrar dignamente a sus muertos. Porque la verdad sin memoria es mentira. Y la memoria sin verdad es olvido.

 

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