A la memoria de José Antonio Carmona, joven militante del SAT

 

La vida es un juego: no eliges las cartas, pero sólo tú decides qué hacer con ellas. Y el juego de la vida se contiene en los naipes de la llamada “baraja española”. Naipe proviene de la raíz en árabe nafs que significa “vida”. Etimológicamente, quiere decir respiración. El aliento divino sobre todas las cosas. El nafs de un ser humano es su alma, su personalidad, su vida misma. Respiro, luego existo. Baraja también proviene del árabe baraka: la magia que habita en aquellas cosas que fecundan la vida. Sentir el aliento divino en ellas no depende del azar: es el azar lo que depende de ti. La palabra vida en hebreo (haim) se escribe con una letra similar a la “n”. Y mazal significa suerte, como el mazo que esconde encriptada nuestra alma judía, musulmana y cristiana.

La baraja hispana se divide en cuatro palos como las estaciones del año. Cada palo suma 91 puntos que por cuatro equivalen a los 364 días del almanaque menos uno. Quizá, el único día que se viva de verdad. La tradición popular tiende a reducir el mazo a 40 naipes como los días de vigilia y ramadán. Hay baraka en el caballo y en los números impares y primos, sin duda los más importantes de la baraja. Como el as. La carta que simboliza la unidad es la más valiosa con 11 puntos. Multiplicados por las 9 restantes del palo resultan los 99 nombres de Dios para musulmanes y judíos. Cada palo representa los cuatro poderes terrenales que nos gobiernan: el económico (oros), el religioso (copas o cálices), militar (espadas), y político (bastos). En ese orden según los cortes en el marco y que sirven para distinguir el palo sin tener que descubrir la jugada. Las cartas que quedan en el mazo se roban. Como hacen los poderes con nosotros. Cuatro palos, cuatro expolios. Especialmente en Andalucía.

Oros. No voy a olvidar ni perdonar el expolio que consentimos con la deuda histórica. Aquélla cláusula que se incluyó en nuestro primer estatuto de autonomía para cobrar de más hasta alcanzar la media en los servicios sociales básicos que teníamos de menos. La traición fue doble. A pesar de nuestro evidente avance en infraestructura, seguimos a la cola en educación, sanidad y desempleo. Y no sólo se cuantificó aquella deuda para liquidarla de una vez, como si ya estuviésemos a la par con el resto, sino que de manera desvergonzada se nos pagó con suelo la mitad de lo que se nos debía en plena crisis inmobiliaria. Nunca llegó el dinero que nos hace falta y el poco que teníamos se nos va. Un análisis objetivo demuestra que la entrada en Europa sirvió para expoliar nuestras fortalezas con el fin de desmantelar nuestro sistema productivo y sustituirlo por el ladrillo, los servicios, y de nuevo la emigración. Mientras tanto, también expoliaron nuestro músculo financiero: Cajasur se fue a Euskadi, Cajasol a Cataluña… Y lo que facturamos en Andalucía se contabiliza fiscalmente en sus sedes sociales en Madrid, a pesar de generar casi la cuarta parte del PIB real del Estado.

Copas. Algún día conoceremos la magnitud del expolio patrimonial que está llevando a cabo la Iglesia Católica. Aunque la movilización ciudadana consiguió derogar el artículo que les permitió inmatricular la mismísima Mezquita de Córdoba, se cuentan por miles los bienes de toda índole que ahora parecen privados por la sola palabra de un obispo en pleno Estado aconfesional. El problema es que muchos de estos bienes ya se pueden enajenar a terceros y su venta sería irrevocable. Y además, la mayoría genera enormes cantidades de dinero que no declaran, ni tributan. Resulta inconcebible que se pueda sentar en el banquillo a la familia real o las divinidades futbolísticas, y ni siquiera la Iglesia presente a Hacienda declaración alguna por sus millonarios ingresos. Todos agradecemos su caridad y las buenas acciones de su buena gente, acordes con el mensaje del Jesús de los tobillos sucios. Pero en un Estado democrático, la ciudadanía no quiere caridad sino justicia fiscal para que pueda existir justicia social. Gracias al dinero de todos se sostiene el sistema para todos y todas. Sea el Rey o un Obispo, a efectos tributarios y democráticos, tienen el mismo rango que tú y que yo.

Espadas. Somos la Comunidad autónoma que más sufre el expolio territorial con la excusa militarista. La histórica de Gibraltar (ahora agravada por el Brexit) y las histéricas de las bases yankis. Para colmo, asistimos abochornados a la visita de Obama a su suelo extranjero en Andalucía, en una reproducción dolorosa del Bienvenido Mr. Marshall. Sólo que esta vez, ni siquiera nos traen leche en polvo sino mala leche.

Bastos. La cadena de expolios políticos es interminable. Desde aquella degradante inconstitucionalidad del Río Guadalquivir o la ley de la Función social de la vivienda, al permanente uso electoral de Andalucía como una colonia. El expolio más reciente ha sido del Parque de Doñana para conducto de gas y la ampliación del estercolero nuclear de El Cabril. Una vergüenza que la gente ignora y que la mayoría consiente. Como la amenaza de la reestructuración del Estado. Ahora más vigente que nunca. Las derechas siempre jugaron a entenderse en privado escondiendo los ases en la manga. Se acusan en público mientras se pasan las dádivas debajo de la mesa. No me cabe la menor duda de que el apoyo más o menos directo de Coalición Canaria y PNV a la legislatura del PP, de nuevo generará tensiones internas dentro de la burguesía catalana, fracasada electoralmente a nivel estatal y encriptada con ERC en el gobierno autonómico. Para evitar el agravio, exigirán el precio a cambio de la paz social. Y lo cobrarán mientras nos dan bastos en Andalucía.

Envidar es poner la vida en cada apuesta. Sin duda, siempre es tiempo de envidar. Y oponerse a estos expolios para no perder la partida. Porque somos nosotros quienes nos la jugamos. Y no ellos quienes juegan con nosotros. Aunque lo parezca.

 

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