Todas las guerras son culturales. En sus causas y en sus consecuencias. Eso que llamamos intereses ocultos no es más que la traducción económica de un modelo cultural que debe eliminar cualquier relato que lo ponga en peligro. Siempre hubo y habrá batallas cruentas que lo impongan a fuerza de aniquilar a cuchillo las gargantas y los puños de sus disidentes. Ahora todo es más sutil, sin perder un átomo de perversidad. Y la hegemonía del modelo cultural se consigue con bombardeos continuos de información y ruido mediático. La metralla se sustituye con mantras utilitaristas que invocan el miedo al otro. Hasta que el paradigma vencedor se asume como un dogma de salvación frente a la cultura del enemigo.

Estamos inmersos hasta el cuello en una guerra cultural. Difusa. Muy compleja. Con enemigos por todas partes. Pero todos tienden hacia un mismo fin: eliminar la disidencia y la diversidad, la masa crítica y la independencia, la cultura en libertad. Los fanatismos religiosos y económicos, desde el yihadismo al fascismo, comparten idénticos relatos machistas, homófobos, xenófobos y racistas. Se necesitan entre sí como los parásitos que son. De ahí la necesidad urgente de reivindicar espacios de encuentro donde la cultura sea medio y fin en sí misma, desde el respeto a la diferencia.

Muchos de estos lugares de resistencia nacieron para respirar libertad durante el absolutismo o las dictaduras. Uno de ellos fue La Carbonería de Sevilla. Un paradigma de cultura independiente que supo convertir en realidad la ecuación juanrramoniana “Raíces y alas”: pero que las raíces vuelen y las alas enraicen. Un faro de luz en mitad de la noche de la medina sevillana. Me refiero a la noche oscura del alma. A esa que impone su cultura sin cultura. La que niega la disidencia por equivocada. La Carbonería está siendo víctima del capitalismo y el simplismo más salvaje, los dos pilares sobre los que se sostiene este modelo cultural dominante que abomina de la cultura. Sin embargo, no es el único espacio perseguido sino el primero de ellos. De ahí la trascendencia de su salvación. Decía hace poco Emilio Lledó que un pueblo inculto está condenado a la miseria y que sin memoria no hay futuro. Ambas aseveraciones inundan las salas de La Carbonería. Justificar este desahucio cultural en una legislación procesal que no permite oponer la naturaleza abusiva de sus cláusulas, igual que en los desahucios de vivienda, es una aberración ética y una injusticia que sólo favorece a estos intereses ocultos que se esconden tras las guerras. Sólo que esta vez no vamos a permitir que venzan. Porque detrás de La Carbonería caerán otros teatros, ateneos, centros culturales, salas de conciertos o de exposiciones. Un atentado contra la disidencia y la libertad con la que vencimos a la dictadura y que regresa como un fantasma.

Firma en Change para Salvar La Carbonería

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