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Corre un viento helado que viene de Granada. Ha muerto José Luis Serrano. Un hombre de luz. Un faro. Un vigía. Un andaluz universal. Mi hermano.

José Luis Serrano fue un hombre de luz. Y de ahí provenía su poderosa fragilidad. Nada hay más frágil que la llama de una cerilla. Ni más poderosa en una noche oscura. Capaz de incendiar las alas de una mariposa y extinguirse con un soplo de viento. Así era el príncipe de Granada. Un ciprés humano que se derrumbaba con apenas sentir dentro un átomo de dolor ajeno, como si le talaran el alma por los tobillos. Y a la vez, un faro que nos imantaba con las estrellas que le desbordaban por los ojos cuando evocaba su matria: Andalucía.

Con la misma languidez que respiran las luces, José Luis solía contar la anécdota de la confesión de un jornalero antes de morir. Molesto por la indiferencia que mostraba a las oraciones, el cura le preguntó si era creyente. Y aquel hombre bueno le contestó: “yo soy andaluz”. José Luis no se cansó de repetir que la “patria es un territorio simbólico donde cada uno debe poner sus santos y sus vírgenes particulares como en un altar”. Su matria era Andalucía. Y su religión. Tanto que llegó a somatizarla. Hablaba y caminaba con la lentitud y la gravedad de un pueblo milenario. En su garganta albergaba toda nuestra memoria resiliente hecha de sangre y sal, de abrazos y esperanza. Sin ella, no somos nada. No se puede ser universal sin ser de ninguna parte. García Márquez fue universal sin salir de las ciénagas de Macondo; Orhan Pamuk, de Estambul; Paul Auster, de Brooklyn… Y José Luis, de los siete cielos de la Torre de Comares en la Alhambra.

Ser andaluz es ser universal. Y a la inversa. Son dos identidades indisolubles. Por eso su bandera republicana era verde y blanca. Y su estrella, tenía ocho puntas. Ambas las izó utilizando su cuerpo como mástil y su frente como atalaya. Para que todo el mundo lo viera. Aquel joven que custodió la arbonaida el 4 de diciembre en Granada, la levantó en el mismo Parlamento de Andalucía cuando los tambores nos llamaban a la epopeya. Supo estar a la altura de la historia porque la historia estaba a su altura. Sabía y sentía que una voz sólo es andaluza cuando contiene la fuerza de los débiles. Y había llegado el momento de inundar el aire con su aliento. Pero no le dejaron. Un maldito cáncer lo condenó a la fragilidad de lo efímero para alcanzar el poder de lo eterno. Como si el destino inderogable de los hombres de luz fuese morir antes de tiempo para no morir nunca.

Granada es la hermana póstuma de Córdoba. Hijas de la misma matria. Granada vio la luz cuando Córdoba perdió la suya. Y ahora es Granada quien se ha quedado a oscuras. Y fría. Porque ha muerto su príncipe. Pero no su luz. Ahora es nuestra.

 

 

 

 

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