“No pongáis vuestro esfuerzo -ni el más mínimo- más que en lo permanente”

Juan Ramón Jiménez

¿De qué color son las banderas?, pregunté tal día como hoy a unos jóvenes andaluces que estudiaban bachillerato. La élite de nuestra sociedad. Futuros universitarios. Y todos respondieron: rojas y amarillas.

Hoy es 4 de diciembre. Inicio de campaña electoral. La primera vez desde el 4 de diciembre de 1977 que Andalucía no se presenta a las elecciones. Hoy es 4 de diciembre. Víspera del Día de la Constitución española que muchos partidos celebran y a la vez aspiran reformar. Y Andalucía no estará presente en el hemiciclo de forma diferenciada. Hoy es 4 de diciembre. Víspera del puente de la Inmaculada. Amén.

La distancia emocional y política con aquel otro 4 de diciembre de 1977 es sideral. Aquel día las calles parecían un espejo del cielo. Estaban inundadas de hombres y mujeres de luz. De estrellas humanas. Hoy apenas quedan rescoldos de nostalgia. Cenizas. Nada se parece a entonces. La cultura y la política, la reivindicación social y andaluza, se respiraba en todas partes. Ser andaluz y defender la autonomía era vanguardia. Un seña de modernidad. Desde Antonio Gala a Triana, de Carlos Cano a Salvador Távora. Hoy parece un espejismo. En un contexto mundial sembrado de islamofobia, resulta casi suicida defender una de nuestras médulas identitarias. Los tres símbolos más luminosos del triángulo mítico andaluz se corresponden con tres joyas tan andalusíes como universales: Alhambra, Giralda y Mezquita de Córdoba. Cuidado al nombrarlas. Poca diferencia hay en  el contexto interno del Estado. En la polarización España-Cataluña, Andalucía no existe. Es la más española de España. Basta comprobar el papel que nos han asignado en los ocho apellidos catalanes y vascos: los andaluces no somos porque somos España. Podían haber escogido a un madrileño o a un burgalés o a un soriano. Pero no. Nadie lo habría entendido. Quien represente a España debe jugar el mismo rol que Lolita Sevilla en Bienvenido Mister Marshall. Y ahora, precisamente ahora, sobrevienen unas elecciones que pueden marcar un nuevo rumbo para el Estado. Y Andalucía, como tal, ni siquiera se presenta.

Parece claro que el bipartidismo no será numéricamente lo que fue. Tampoco el resultado del resto de marcas estatales. Pero sí sabemos con certeza que la distribución electoral otorgará representación diferenciada en todos los territorios periféricos a la Castilla de toda la vida. Con Andalucía dentro. Las consecuencias pueden ser de una extrema gravedad para nosotros. Si el reparto de escaños produce un efecto similar al parlamento andaluz, puede incluso que todo cambie para que no cambie nada. Más de lo mismo. De no ser así, quizá se produzca una reforma constitucional. Parece que todos los que tienen capacidad real de “cambio” han renunciado a un proceso constituyente. Una reforma mantiene por definición las estructuras para que el edificio no se derrumbe. Para remendar un pantalón necesito el mismo hilo y la misma tela, a no ser que descaradamente le ponga un parche. Esa podría ser la solución más hábil y de menor coste político para aliviar la tensión España-Cataluña: su inclusión junto a Navarra y Euskadi en la lista de nacionalidades con hacienda propia. Si se decide ir más allá, tengan por seguro que Galicia, Valencia e incluso Canarias alzarán su voz en el futuro diseño del Estado por tener grupo parlamentario propio. Pero Andalucía, no. Porque no está. Ni se le espera. Y eso supone derogar nuestro patrimonio constitucional y la dignidad que como pueblo reivindicamos en las calles tal día como hoy.

Muchos niños y niñas saldrán del colegio con la bandera española en la cara. Pero hoy no celebramos la misma Constitución que quieren reformar. Hoy es 4 de diciembre. El día de las banderas en blanco y negro.

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