Londres, 1860. Ahorcaron a un hombre que se había cortado la garganta sin éxito. Lo condenaron a muerte por el delito de condenarse a muerte a sí mismo. Por suicida. El médico no opinó sobre las razones de fondo, pero sí sobre la forma de la ejecución. Y desaconsejó la horca porque le abriría la garganta y podría respirar por ella. Los verdugos desoyeron la advertencia y lo colgaron. El hombre pareció morir. Rojo. Pero al instante volvió a la vida. A espasmos. Con la soga al cuello. Los pies colgando. Retorciéndose como un trapo mojado. Y la nuez abierta de par en par. Convocaron con urgencia a las autoridades para resolver la cuestión. Después de varias horas deliberando, acordaron ajustar el nudo por debajo de la llaga. Condenar a muerte al suicida por segunda vez. Y a la tercera fue la vencida.

Qué sociedad loca, qué civilización estúpida. Así terminaba la carta que escribió Nicholas Ogarev, un revolucionario ruso y alcohólico exiliado en Londres, a su amante Mary Sutherland, una prostituta arrabalera y atea a la que estaba educando. La noticia se publicó en los diarios londinenses como una anécdota mecánica en la ejecución. Una muerte accidentada en el faldón de sucesos. Solo en la mirada de dos completos marginados se reflejó la barbarie que el resto de la sociedad londinense no veía.

WYSIATI son las iniciales de “what yo see is all there is”: lo que vemos es todo lo que hay. Este mecanismo psicológico demuestra que el ser humano no está programado para buscar la verdad, sino para encontrar “su verdad” sin buscarla. Y no es porque no quiera saber más sobre la cuestión una vez confirmada la credibilidad potencial de su hipótesis. Sencillamente, no puede creer otra cosa porque su cerebro no le deja. Le impide ver lo que no quiere ver. Nuestro sistema intuitivo (que condiciona al racional y no a la inversa), no necesita toda la información para tomar una historia como cierta. Aún más: la desprecia vaya a ser que la estropee y derrumbe sus principios. Lo peor es que no tenemos ningún reparo para emitir juicios de valor a partir de esta verdad sesgada que nos hemos fabricado. Y así nos va.

Para aquella sociedad británica (quiero creer que hoy no es así), el suicida es un asesino de sí mismo que vulnera el derecho a la vida concedido por Dios y merece la muerte por torpe y por hereje. Todo aquel que haya sido instruido en los postulados de la eficiencia y de la religiosidad anglicana, jamás podría aceptar la realidad de otra manera. No está viendo la crueldad de una ejecución inhumana sino la muerte justa de un hombre que al intentar suicidarse retó a Dios. Sin embargo, el hijo ilustrado de un terrateniente ruso y una puta que no pasó por la escuela ni la Iglesia, borrachos y proscritos para los integristas anglicanos, sí que vieron lo que tú y yo vemos. Porque en las claves de sus sistemas intuitivos aprecian animalidad donde sólo hay animalidad. Salvajismo donde sólo hay salvajismo. Para que aquella sociedad cegada por el puritanismo pudiera ver lo evidente, habría que desinstalar el sistema operativo de su cerebro social, desbloquear el acceso al razonamiento y educarla de otra manera.

Los dogmas políticos o religiosos imponen el mismo mecanismo de ceguera. Desprecian la verdad porque la verdad es suya. Siempre suya. Y quien se atreva a cuestionarla, miente. No será escuchado. Aún más: dirán que se sienten atacados por quienes se niegan a ver lo que sólo ellos ven. Podría poner cientos de ejemplos. Desde el terrorismo machista a la muerte de un toro a lanzazos. Pero hoy quiero quedarme en esta evidencia invisible. Ha tenido que ser el expresidente Mújica, un hombre mundialmente admirado y querido por su solidaridad y compromiso, amigo del Papa Francisco, quien desnude la verdad como aquel niño en el traje del emperador y diga que Córdoba y Mezquita son dos palabras siamesas, inescindibles, y que eliminar Mezquita es una afrenta cultural intolerable que todo el mundo ve, menos uno. Ay, qué sociedad loca, qué civilización estúpida.  

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