Nunca he asistido a la celebración de La Diada en Andalucía, pero sí he asistido muchas veces al Día de Andalucía en Cataluña. Un hecho que explica por sí solo la extraordinaria universalidad de la memoria andaluza y la naturaleza abierta del pueblo catalán. Todos los partidos políticos, nacionalistas o no, independentistas o centralistas, de derecha o de izquierda, de abajo o de arriba, realizan la ofrenda floral al monumento a Blas Infante. Después cantan los himnos de Andalucía y Cataluña. Y terminan desfilando una enorme arbonaida por las calles. Estas evidencias desmontan cualquier prejuicio sobre la construcción de una identidad catalana excluyente. Como la de cualquier ser humano, las identidades catalana y andaluza también son rizomáticas. Mosaicos compuestos de teselas infinitas. Y eso nos convierte a la par en universales y distintos. Pueblos hermanos, en definitiva.

Sin embargo, la última vez que estuve no regresé con la misma sensación. Estoy preocupado por mis hermanos andaluces de Cataluña. Están desorientados. Perdidos. Desamparados. Sin una luz que seguir, ni espacio político que los proteja. Me refiero a los andaluces que hace más de treinta años acudieron a las manifestaciones a favor del Estatuto catalán con la verde y blanca. De la misma manera que los catalanes apoyaron nuestro 4 de diciembre con la Senyera. En ambos casos, ciudadanos y políticos estuvieron a la altura de la historia. Pero la dictadura del tiempo es implacable. Y la brecha entre ciudadanía y política se desangra como la herida de un hemofílico. Los descendientes de aquellos andaluces son ciudadanos catalanes. La demostración humana de la pertenencia pacífica a dos memorias colectivas. Ya no acuden a la ofrenda floral. Tampoco acompañan la bandera andaluza por las calles. No hay mucha diferencia en su actitud con la de nuestros jóvenes. Pero su vacío se une al de sus padres. Como si a un agujero le robarás el aire.

El proceso hacia una declaración de independencia en Cataluña es irreversible. Hablo del camino, no necesariamente de la meta. Hace demasiado tiempo que Artur Mas hizo suyo el proyecto “estatalista”, supeditando estéticamente los posibles intereses de su partido a los del pueblo catalán. En contra de la percepción sesgada que se transmite desde los medios centralistas, ha conseguido un importante respaldo social al identificarse personalmente con la causa. La lista en la que se presenta, más allá de manipulaciones informativas, ha sido confeccionada por consenso y necesidad entre un amplio sector de la sociedad civil y dos partidos antitéticos en muchas de sus propuestas. Parapetado en cuarta posición, visiblemente escondido, Artur Mas representa un papel que recuerda muchísimo al de Rafael Escuredo en nuestro proceso autonomista. Y me temo que con similares consecuencias. El enroque político de Escuredo, dejando de ser un socialista andaluz para ejercer de andaluz socialista, le sirvió para erigirse en una especie de tótem, aglutinar a la mayoría del movimiento ciudadano y, de paso, fagocitar a la opción ideológica con la que compartía iniciales. Pero cuando el PSOE alcanzó el poder en Madrid, su discurso andalucista chocó de bruces con el de sus compañeros González y Guerra. Y dimitió. Salvándose para la historia.

Artur Mas cuenta además con tres aliados impensables hasta hace poco tiempo. De un lado, la lealtad institucional e interesada de ERC, esperando pacientemente a que pase su cadáver político para sucederle. De otro, las entrañas de su propio partido emancipado de la oligarquía sin respaldo electoral de Unió. Y por último, un la sociedad civil catalana vertebrada en torno a la independencia. En consecuencia, haya o no consulta expresamente soberanista, referéndum en todo el Estado, o proceso constituyente, la voluntad mayoritaria del pueblo catalán respaldará en estas elecciones el proceso independentista. Y la víctima en cualquier caso será el PSC. Camino abierto para la alternancia futura en el nacionalismo catalán. Y en medio, desorientados, perdidos, los andaluces de Cataluña.

Unas de las claves ocultas en las elecciones andaluzas del 22 de marzo consistía en utilizar Andalucía como sostén de una determinada noción de España. En lo fundamental de este juego vuelven a coincidir socialistas y populares. Aunque parezcan disentir, ambos quieren distanciar Andalucía de la periferia nacionalista. Y para ello, nada mejor que enterrar el rango jurídico y emocional que conseguimos por derecho propio. He escuchado varias veces a socialistas y populares defender que somos la garantía de la unidad de España. Con especial gravedad, el PSOE.  Sin embargo, la mayoría de nuestros emigrantes y descendientes no se identifican con el mensaje españolista de Susana Díaz. Y los socialistas catalanes, menos aún. El PSC se desangra entre quienes se alían con el movimiento nacionalista ciudadano y quienes creen que debería recuperar el espacio integrador perdido. En ningún caso, levantando la bandera de la unidad de España. Han cometido un grave error estratégico. Los partidos nacionalistas se han lanzado sobre el agujero abierto ofreciendo el abrazo de la identidad multicultural catalana. En medio, quienes defendemos con sentido común el respeto al derecho a decidir y un proceso constituyente hacia un modelo Estado Plurinacional donde Cataluña y Andalucía, por supuesto, tendrían rango de sujeto político federable. Y en el otro extremo, Ciutadans y peligrosos discursos de ultraderecha.

Después de la ofrenda, regresé para despedirme de Blas Infante. Estaba solo. Volvía de exhortar a mis hermanos andaluces que se aglutinaran en torno a una voz propia. La suya. Lo hice delante de todos los partidos políticos. Les pedí que volvieran a estar a la altura de la historia. Mis hermanos andaluces me entendieron con el corazón. Aplaudieron con los ojos incendiados de esperanza. Una mujer se acercó emocionada y me dijo: “Te voy a cantar el Himno Nacional de Andalucía por una media granaína”. Lo dijo con total naturalidad. Sin los miedos inducidos por el nacionalcatolicismo español. Abrió la boca y se me desencajaron los cimientos del alma. Lloré. Lloramos. Gritamos Viva Andalucía Libre y Visca Catalunya Lliure. Pero después, agacharon la cabeza. Son valientes. Lo demuestran cada día. Se sienten orgullosos de su identidad andaluza en Cataluña. De ser una de las piezas fundamentales en el funcionamiento del mecano catalán. Pero se sentían tan solos como una estatua rodeada de flores. Y aún así, otro año más, pasearon la bandera de Andalucía por las calles de Cataluña. Hoy, muchos de ellos no irán a la Diada. Y tampoco votarán el 27S mientras no perciban una fuerza política que les hable de corazón a corazón, que les entienda porque les conoce, y dejen en paz la manida Unidad de España para hablarles de un modelo de Estado Plurinacional en el que nos una el respeto a la diferencia.

 

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