Nos han transmitido siempre, al menos a mí, que en la vida no hay que complicarse las cosas, que simplifiquemos, que lo hagamos fácil. Eso está genial, aunque en mi opinión está muy alejado de la realidad con las que nos topamos todos los días. En primer lugar porque interactuamos en entornos, sistemas complejos, en ocasiones caóticos, imprevisibles, y el ejercicio de aplicar técnicas de laboratorio cartesianas, matemáticas no deja de ser un intento inocente de obtener respuesta de algo que, en muchas ocasiones, es realmente difícil de explicar.

Desde principios del siglo pasado dos han sido las grandes corrientes psicológicas que han tratado de desentrañar lo que ocurría en las Organizaciones: la positivista y la constructivista o construccionista. Desde estos dos paradigmas, se pretendía explicitar los comportamientos en las organizaciones, la generación de conocimiento, la comunicación entre los distintos grupos de poder, la relación entre las distintas variables dentro de las organizaciones (ejemplo: relación entre formación y rendimiento), conceptos críticos como el burnout, stress laboral, etc..

Y en ese marco teórico-práctico epistemológico idílico surge por los  60, la oveja negra de los paradigmas, la complejidad. De alguna forma es la cortarollos de los estudios sobre el conocimiento científico en las organizaciones,  ya que desde su perspectiva  proyecta que en una organización no siempre uno más uno suman dos, que cambiar por ejemplo la política de evaluación en competencias de la empresa no creará el efecto deseado en la motivación y el rendimiento; que sistemas con un grado elevado de stress obtienen resultados increíbles… en definitiva que sabemos muchísimo menos de lo que creemos que sabemos.

En la estructura de la complejidad aparecen conceptos como la no linealidad de los fenómenos, la emergencia de los procesos, el no equilibrio, la incertidumbre, la borrosidad de los planteamientos (entre el blanco y negro hay una infinita escala de grises), el poder de los cambios catastróficos (en ocasiones un tsunami lo limpia todo y la vida vuelve a surgir) , la fractalidad de la estructuras (la organización a nivel macro y micro, replica la misma organización) y uno por el personalmente siento atracción, y que no es otro que el caos. Caos no significa desorden, es más en determinados sistemas complejos, ambos van de la mano, y el orden puede producir caos, y viceversa, el caos orden. Determinadas dinámicas caóticas son esenciales en áreas como la innovación, la motivación laboral o la toma de decisiones estratégicas.

Es el paradigma de la complejidad el que puede aportar luz de por qué un equipo líder destacado respecto a sus perseguidores, batiendo records de partidos consecutivos sin perder, pierde 4 consecutivos, y al quinto gana por ocho a cero. O como un tenista imbatido durante la temporada, pierde en primera ronda de un torneo menor; o como fichas a jugadores de una calidad contrastada en la competición y a nivel mundial, y los resultados del equipo son mediocres. Me gusta la complejidad, porque básicamente los seres humanos somos complejos y estamos llenos de los mismos. Seguiremos trabajando este tema. BE TIM.

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