Dicen los antropólogos sociales, pensadores, historiadores y sociólogos varios, que el carnaval ha tenido en la historia la virtualidad de sacarnos de unos parámetros de convivencia encorsetados socialmente -represores y cortantes de impulsos vitales-, para descargar y canalizar las agresividades y descontentos sociales de una vida sometida a normas de vida en común castrantes. Tenía esa dimensión de locura aceptada en la que se permitían excesos, críticas y desvaríos que sacasen de las convencionalidades al menos por unos días, de modo que se institucionalizara la locura, para poder volver después a la vida cotidiana y ordinaria en paz social. Señalan que la dimensión más interesante del carnaval era su capacidad de crítica y de denuncia de las estructuras represoras, por el camino del humor, lo lúdico y el desenfreno, frente a morales heterónomas impuestas. Como curiosidad añadiremos que era en los países de cultura eminentemente católica donde el carnaval arraigó especialmente (España, Italia, Brasil…) y que en otras culturas de origen religioso protestante o no cristiano, era inconcebible que socialmente se aceptara y asumiera unos días de desenfreno como los del carnaval.

                Es cierto que nuestro modo social actual ha evolucionado mucho desde esas estructuras moralmente represoras, y que la convivencia social es ya otra cosa. Gracias a Dios, tenemos estructuras de libertad, un modelo democrático y normas que garantizan la libertad de expresión, la autonomía individual, y nadie se mete en la opinión de otros. De todos modos, no todo es perfecto, y aún hay desajustes necesarios de criticar, señalando posibles amenazas totalitarias de sectores que subrepticiamente quieren imponer una determinada manera de ver el mundo, una determinada moral amenazante de la libertad individual.

                Es en esas claves donde ha de leerse el uso de imaginería religiosa en el carnaval, como denuncia de una estructura eclesial que amenaza con imponer su particular moral a la sociedad. Los curas y las monjas y los obispos son una amenaza para la libertad. Es necesario resituar sus convicciones y creencias particulares en el ámbito que les es propio, el privado. Utilizar la imaginería religiosa en el carnaval tiene pues esa finalidad de crítica de la constante amenaza que lo religioso significa contra la sociedad. El escándalo que produce es necesario para la crítica y la denuncia. Es una prueba evidente contra la Iglesia, el que se escandalice cuando se usan sus imágenes para criticarles. La indignación que genera es la prueba fehaciente de que sus ideas son inaceptables y que no deben de molestarse porque se usen ideas que para ellos son sagradas. No se entendería tal indignación si los cristianos asumieran de verdad la libertad de expresión y de opinión, si entendieran que su moral no puede ser impuesta a quienes no creen en ella.

                La Iglesia pues no es realmente una institución que asuma la democracia ni la libertad de expresión, por eso la crítica está justificada contra ella. Ya no estamos en los tiempos cuando las normas eran católicamente represoras, cuando las sociedades limitaban toda iniciativa personal, y tocaba pensar a todos igual –o al menos aparentarlo…-, cuando la Iglesia tenía todo el poder social, político y económico, cuando era obligatorio ir a misa, etc., etc. La Iglesia necesita ser criticada porque quiere convertirse en algo así como una nueva inquisición del pensamiento, siempre queriendo volver a tener el poder y el control de las personas, de lo que opinan y de cómo viven. Hoy en día no es así. Hoy en día se puede pensar lo que se quiera, opinar como se quiera, no hay policía del pensamiento y menos de lo que se dice o no se dice. Faltaría más.

                Y para colmo y a la vez lo del autobús anti LGTB. No se entiende la incitación al odio por medio de autobuses, utilizar la naturaleza como un arma arrojadiza contra colectivos sociales en riesgo de exclusión. No se entiende cómo puede haber gente que piense de una determinada manera y es intolerable que lo airee y lo diga y lo exprese. Es realmente inconcebible que piensen que la naturaleza y la biología tienen poder sobre las personas y que además utilicen a los niños para eso. Hay que perseguir esas conductas como peligrosísimas por inaceptables socialmente. La Iglesia -que seguro está detrás de esos autobuses- no es una opción aceptable en esta sociedad y no se debería permitir que dijera según qué cosas. Y menos si manipula y ofende a otros en lo que creen y piensan. Es intolerable que se piense según de qué maneras e intolerable que se exprese si ofende a otras personas.

                Una cosa es una inofensiva imagen religiosa utilizada en un carnaval, por muy sagrada que sea considerada por algunos, y otra muy diferente decir que los niños son niños y las niñas, niñas. Decir eso es una expresión de odio. Dónde vamos a parar. Pretenderán que el carnaval acabe domesticándose y manifestando lo que la opinión mayoritaria quiera, que renuncie a la crítica y la denuncia de lo que considere oportuno, que se someta al imperio de lo políticamente correcto, criticando lo que los poderes de verdad quieren que se critique, sumándose a las modas, o que acabe pensándose como los que mandan quieren que se piense.

                Vamos hombre. Por Dios. Dónde vamos a parar. Decir que los niños son niños y las niñas, niñas. No puede haber más odio en un mensaje.

(Modo ironía off)

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