Érase una vez Montemayor…

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[En la imagen, Fernando con trabajadores en su peluquería Corta y Cambia]

Érase una vez un niño con nombre de artista: Fernando Alcaide Mata. Desde pequeño supo que su vida estaría inspirada en la creación, pero no fue hasta los diecialgo que descubrió el Arte Terapia, una terapia guiada por cinco elementos del arte: la escritura, la fotografía, la pintura, el teatro y la danza. Poco a poco conoció a gente interesada en el crecimiento personal de estas terapias más alternativas, y empezó a conocer nuevas posibilidades y un magnífico camino por explorar. El Arte Terapia le enseñó a no acomodarse a lo que tenía, sino a buscar metas nuevas, a recorrer su camino, a adivinar lo que quería en cada momento, lo que necesitaba, le dio pistas de lo que quería hacer con su vida. Y fue entonces cuando decidió marcharse de su pueblo, Montemayor, para buscar otras aventuras.

Fernando empezó a trabajar desde muy joven en una peluquería de su pueblo, “tú sabes, tú empiezas siempre en los bajos de tu casa o en la cochera de tu padre”. Su vida era muy cómoda, ganaba mucho dinero y, como vivía con sus padres, “como buen hijo que era”, apenas tenía gastos. Un día, de repente, apareció una chica de Barcelona en su peluquería, quería peinarse para la boda en Montemayor de un familiar. Él se dio cuenta de que la muchacha no paraba de hacerle preguntas y observar muy fíjamente cada uno de sus movimientos, hasta que le desveló qué es lo que se le había ocurrido: “Mira, Fernando, busco estilistas en Barcelona, te necesito en dos días, ¿te vienes?”. Y en dos días desmontó la peluquería y se plantó en Barcelona.

Al tiempo se trasladó a Málaga y, finalmente, decidió volver un poquito más cerca de sus raíces, a Córdoba capital. Fernando necesitaba el calor de gente que lo quisiera, amigos y familiares, y de eso en Córdoba le sobraban, y lo decidió así.

Cuando Fernando salió de Montemayor, a quien más echó de menos fue a su madre, pero con el tiempo se ha dado cuenta de que, aunque cada dos por tres viaja a su pueblo para visitar a la familia, la gente se acostumbra un poco a vivir sin ti, cada uno tiene sus planes, tiene su vida y “la gente se acostumbra a vivir sin ti, es lógico”, aunque las personas queridas siempre están ahí. Lo que más echa de menos es el día a día de su familiares, por ejemplo, el de sus abuelos, “veo a mis abuelos envejecer y no los veo a diario, veo a mis primos crecer y no los veo a diario. Se lamenta de que tiene sobrinos muy cercanos que apenas lo conocen, te miran como al familiar extraño por la lejanía, “llegas allí y te das cuenta de que para esa gente nueva tú eres un desconocido”.

Todas las carencias y virtudes que le caracterizan se las debe a la educación recibida en Montemayor, le han hecho quien es. Una familia humilde que ha trabajado en el campo y en la hostelería, dos hermanos “Juan que viene detrás mía y Toñi que es la pequeña”, y la muy buena relación que siempre ha mantenido con ellos, incluso sus primas, con la que compartía juegos y travesuras por la cercanía de la edad (un día casi lo asfixian por hacer el pino).

Las fiestas eran un elemento imprescindible en la vidilla cultural y tradicional del pueblo, sin duda. Las más esperadas, la Feria del pueblo, la Nochevieja, y la Romería porque te daban carta libre para volver a casa, “podías beber esa noche y te daba tiempo a que se te pasase la papa”, cosas de la edad.

Nochevieja de niño la pasaba en casa de su abuela Ángeles, “que hoy en día ya no vive”, su madre, su abuela y su titi. No era una noooocheeee… digaaaaamoooos… loca: después de las uvas, se acostaba todo el mundo. Hasta la primera fiesta que organizaron en una cochera que les prestaron o alquilaron. Esa primera noche le permitieron acostarse a las dos de la mañana, “¡y eso era ya un privilegio!”. Llenaron la cochera con bolsas de basura y con pintura verde pintaron manos en las bolsas. Compraron bebidas alcohólicas y muy poca comida, cosas de la edad. En el colegio, y en el pueblo más, tienes una pandilla que es la de todo el colegio, “te juntas las dos clases” que son casi sesenta personas, y todos se juntaron en aquella cochera, “se recuerda muy bonita, se guardan muy buenos recuerdos”.

La Feria y la Romería eran, sin embargo, sus fiestas más esperadas. En la Feria de Montemayor, el nivel en trajes de flamenca y de estilismo, en general, es muy elevado, la gente va muy arreglada y “casi nadie repite traje de un año a otro”. Aunque Fernando no era muy entendido, sí que sabe que la ganadería y los caballos tenían fama fiera de los límites de Montemayor, y “dicen que es la más grande de Córdoba”.

La Romería comienza la noche de antes. Las carrozas guardan su sitio para la procesión, “pueden salir unas setenta u ochenta”. En las carrozas todos participan, ¡¡hasta los gatos!! Los amigos cogen su tractor y decoran el remolque. Cada pandilla del pueblo prepara una, desde personas de sesenta años hasta adolescentes de dieciocho: van primero los caballos que participan en el concurso de caballos y después las carrozas, que van decoradas con motivos del pueblo, de San Isidro o de patios andaluces. El pueblo casi llega a rodearse de carrozas, “cuando van por mitad del camino de la romería, algunas aún no han salido del pueblo”.

Fernando termina cada tarde la jornada de trabajo en su peluquería “Corta y cambia”. Echa el cerrojo. Cruza la carretera y ya está en la orilla del Guadalquivir. Como en uno de tantos paseos por el mirador de su pueblo, se sienta y enciende un cigarro. Ya está anocheciendo. Recuerda el paseo de Montemayor un día de lluvia, brillante el reflejo de las farolas y los arcos del ayuntamiento.

De pronto, el paso de un niño con un cartucho de churros le recuerda las sopaipas de su abuela, “ese aceite ya hirviendo” y su abuela echando la masa de la sopaipa. Su abuela estira con el rodillo la masa, harina, agua y sal, estira con un rodillo, el aceite caliente, harina, agua y sal, su abuela, el chocolate o el azúcar.

La abuela, que fríe sopaipas, con las manos calientes de las abuelas, para el nieto.

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