Érase una vez El Carpio…

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Érase una vez una niña a la que de su pueblo no la sacaban ni a patadas. Aunque pasó por poblaciones tan dispares como Madrid, Algeciras, Cabra y Sevilla, Lidia siempre volvía regularmente a su pueblo natal: El Carpio. Su última residencia la estableció en Córdoba capital, porque su marido era cordobés, y porque Córdoba no deja de ser un pueblo, “tú estás en un semáforo con el carrito del niño y la mujer de al lado: oy, qué bonito, oy, qué tiene hambre, oy, que está llorando, oy qué no se cuántos”. Según Lidia, esa cercanía es muy de pueblo.

De niña vivía en las afueras del pueblo. Sus padres tenían allí una tienda en la carretera general, que antes era la nacional. Podría decirse que su hermano y ella vivían solos en esa casa, como aislados, porque la carretera estaba delante del pueblo. Así que el objetivo diario era pasar la jornada en casa de su abuela, que vivía en el pueblo, “recuerdo sobre todo los veranos”.

En la “civilización” se juntaban todos los niños del pueblo, daba igual la edad que tuvieses, y se formaban bandos según las calles, “estos son los de la calle La Cuerda, estos son los del barrio Morente…”. Ellos iban a la calle de su abuela y eran de esa calle, aunque no viviesen allí. “Ahora veo las edades con otra perspectiva”, Lidia piensa que jugaba con niños de dos, tres, cuatro e incluso cinco años más pequeños que ella y cinco años por encima. Cuando jugaban al esconder, al que se la quedaba, se la quedaba toda la noche. Ya ves, contaba uno y los restantes veintitantos corríamos cuesta arriba. La gran ilusión del juego era sencilla: tú te escondías en la esquina, que no te pillaba seguro, seguro, pero escuchabas “ostras, que viene”, y a correr al pelotón. El juego de la pelota era de lo más reclamado, eso sí, ¡ay del que le tocase abajo!, “eso era un tema”. El Carpio es un pueblo ubicado en una cuesta, por decirlo de algún modo, así que cada vez que tiraban la pelota corría cuesta abajo, “se te iba media noche en ir a buscarla”. Con sentimientos encontrados, Lidia me dice: “ya es un pueblo pero más de ciudad, las mamás se llevan a los niños al parque”.

Otro tema era el de las abuelas. Los nenes pasaban toda la tarde y media noche en la calle, y mientras las abuelas tomando el fresco. En verano, El Carpio se transformaba en un pueblo de abuelas: las calles llenas de abuelas, las cuestas llenas de abuelas. De modo que si tú salías a la plaza con amigas, toda la cuesta te la tirabas “buenas noches”, ellas; “buenas noches”, las abuelas; “buenas noches”, ellas, “buenas noches”, las abuelas; cada tres casas se juntaban unas cuantas.

La vuelta a casa era otro tema. Con el tiempo construyeron el puente pero antes tenías que cruzar la vía a través de un paso a nivel, para llegar al otro lado del pueblo. Lidia volvía con su hermano y el hombre que estaba en el paso a nivel los cruzaba, “venga, ahora, cruzad, hasta que no vea yo a vuestra madre en la puerta no me muevo”. Su madre los iba a buscar y cruzaba la carretera con ellos, “te sentías muy arropado”, sabían que si te pasa algo siempre habría alguien para ayudarte.

Desde el comienzo de la primaria hasta octavo de E.G.B. su clase fue la misma. Incluso en el instituto, en el municipio vecino, casi todos cayeron en el mismo grupo. La unión hizo la fuerza. “Éramos un grupo muy espabilado”, de hacer muchas cosas, como la cruz de mayo. La primera les salió un poco “pachanguera” pero en la segunda montaron barra y todo.

Dentro del grupo, su mejor amiga del alma, ésa a la que tienes la necesidad de contarle todo y de que todo te lo cuente, se hizo militar con diecisiete años y se fue a Cartagena, así que la amistad se enfrió un poco. Ahora es marine en Rota.

Unos de los grandes temas era el de las aventuras con su hermano. Cuando no convencían a los padres para que los pasasen al otro lado, a casa de la abuela, les tocaba trastear el día, inventar. Sus padres vendían cerámica y flores, además, montaban coronas para los difuntos que apilaban en la zona del almacén. Jugando una mañana los dos, les parecío una idea magnífica colocar una silla junto a dos de las columnas de coronas de esparto, antes eran de esparto, y meterse dentro. Lo malo es que no contaron con que tenían que salir. Se pusieron a jugar “porque nos llevábamos nuestros playmóbil y todo”, sin echar cuentas de que en algún momento tendrían que salir, “y nosotros tan contentos”. Cuando su madre se percató de que los niños no estaban por ninguna parte se asustó muchísimo: “ay, mis niños, que se me han ido para la carretera”, y por todos sitios los buscaba. A ellos no encontraron mejor solución que dar empujones desde dentro hasta que cayeron todos los aros, “todo el patio lleno de aros”. Cuando su madre los encontró, se alegró tanto que ni les riñó ni nada, al contrario, se echó a reír y les advirtió: “vosotros haced lo que queráis, pero de puertas para dentro”.

En otra ocasión, saltaron al campo de fútbol, y lo mismo. “Había una pareilla” y colocaron piedras para alcanzar la parte superior y saltar. El problema: por un lado había una altura y por el otro lado, otra. Estuvieron un buen rato dando vueltas al campo pensando en cómo salir. Finalmente, aporrearon la puerta de entrada gritando, “¡¡abueloooo, abueloooooo, que no podemos saliiiiiir!!”. El abuelo los escuchó, buscó una escalera y los sacó.

Sin duda, lo que más les gustaba era investigar: “mamá, que nos vamos”, ellos, “a dónde vais”, la madre, “vamos a investigar”. Salían a la parte trasera de la tienda, donde había una imprenta. Los de la imprenta tiraban ahí los recortes. Cuando hacían carteles de pegatinas, los cortaban con la gillotina y tiraban los restos. El afán de los niños era recogerlos todos, “pero nos los llevamos todos, todos, ¡¿ehhhhh?!”. A lo mejor se presentaban con bolsones, “nos dedicábamos a despegar y pegarlos en donde se nos ocurría” hasta que se les acababan o les reñían, y entonces salían corriendo. “Cuando íbamos a investigar nos presentábamos con cualquier cosa”, me dice con media sonrisilla.

En otra, su madre estaba pintando un dormitorio y el hermano y su muy mejor amiga se mancharon las manos con la pintura para decorar el cuarto contiguo. Cuando terminaron, las manos se las limpiaron en la colcha de la cama. Al entrar un rato después Lidia se le ocurrió la fatídica idea de tocar la colcha y se manchó las manos de pintura, pobre… “¿Pero qué habéis hechoooo?”, “¡¡que yo no he sido, mamáaaa!!, ¡¡que yo no he sidoooo”. Lidia, salió a la calle detrás de su amiga y la calentó con la mano abierta, y la otra a defenderse también con la mano abierta, hasta que cogió una piedra y rompió la luna del coche del padre de Lidia, menuda liaron las dos.

Pero lo que más vuelve loca a lidia de su pueblo son las fiestas, “mi pueblo otra cosa no tiene, pero fiestas…”: la Virgen de la Cabeza de la que es hermana, la romería del Cerro, el Patrón, San Isidro, el Corpus, carnaval con las comparsas, la semana santa con las cofradías, las romerías con las hermandades, “tú te apuntas a todo porque los eventos sociales están relacionadas con esas cosas”. 

La que más, la que más es la del patrón, que se celebra los días dos y tres de mayo, “y más el día dos que el tres”. El día dos tú te vistes de gitana; bajas a escuchar misa (hay un quinario que termina el día dos); acompañas al señor para arriba; vas cantándole el himno y sevillanas; cuando llegan a la glorieta, donde hay una figura del patrón, se le hace una ofrenda de flores, sobre todo de mano de los niños; después se sube un poquito más, hasta la casa de la hermandad de la Morenita y allí canta el coro de la Morenita unas sevillanas dedicadas al Patrón; luego, cuando suben a la plaza, a todas las mujeres que han subido vestidas de gitana, ya muchachas grandecitas, le reparten vengalas grandes, se abre un camino en el centro de la plaza a ambos lados, con mucho silencio y respeto, de una forma muy natural, nos es que la gente sepa lo que hay que hacer, es que te nace, los corazones se encogen unos minutos, las emociones más recientes campan a sus anchas. Cuando el patrón llega a la plaza apagan todas las luces y encienden las vengalas, “es lo más emotivo que puede ocurrir en todo el año”. Además, “es una sensación que es solo de allí” y llora el de al lado, el de enfrente y el que se gira para esconder en un pañuelo la lagrimilla. El único día que está el patrón en el pueblo. Y si hablamos del momento del grupo Los Rompeolas, ni te cuento. “Los recuerdo desde que era chica”, le escribieron una canción y “eso es hincharte de llorar” porque la letra cuenta cosas del pueblo relacionadas con el patrón, “cuando llega el patrón empiezan con la musiquita y ya te mueres”.

La fiesta del patrón es lo que Lidia más ha echado de menos cuando ha estado fuera de El Carpio, la fiesta del Patrón y el “voy a cá la”. El rito:

-¡¡Mamaaaaa, que ya estoy aquí!!

– ¡¡Titaaaaaa!! ¡¡¿Estáis ahíiiii?!! ¡¡¿Os venís al mercadilloooooo?!!

– ¡¡¿Y la mamaaaaaa?!!

-¡¡¿En ca’ la Pacaaaaa?!!

-¡¡Pues voy a ver qué haceeeeeeen!!

-¡¡En ca’ la Conchaaaaaaa!!

-¡¡Pues yo voy a cruzaaaaaaaar!! ¡¡A ver qué haceeeeeen!!

Pueden traducir las exclamaciones en decibelios y las conversaciones en marujeo y, por supuesto, todo desde la calle, porque para qué usar el porterillo habien vozarrón. Si vas a comprar, te tiras tres horas porque cada tres metros te paran: “Ay, ¿que ha venido tu niña?”, “Ay, que se ha traído al niño”, “Ay, qué grande está el nene”.

Aunque Lidia echa de menos algunas cosas, y en alguna ocasión haya escuchado a Los Rompeolas desde el lejano Madrid, a través del móvil, lágrima incluida, en Córdoba se siente muy bien arropada, se conserva esa cercanía que caracteriza a los pueblos de la campiña porque “Córdoba es un pueblo grande”. Y no muy grande, apunto yo.

Pincha y saborea el rico serranito.

 

 

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