Pasión Vega y Noa, en el Teatro de la Axerquía | TONI BLANCO
Pasión Vega y Noa, en el Teatro de la Axerquía | TONI BLANCO

Suave suspira. Apenas es perceptible. Ligeramente roza la piel. Y entonces el vello, en unos segundos, se eriza. Es fresca la madrugada del verano, ése que está todavía por amanecer tras unos días de ausencia. Alguien camina alegremente. Al fondo la silueta del viejo alminar hoy torre llena de luz la inmensa oscuridad. Se desvanecen de forma sutil los sueños. El horizonte es diferente a aquél que parece no existir; a ése que es en realidad espacio infinito recorrido por dos azules. El del cielo y el otro. Una persona avanza y se sabe gota de la eternidad. La del agua que grita feliz en Málaga, donde una ventana abre la mirada mucho más allá de donde uno pueda imaginar. La de esa agua que tímida mantiene el pulso de la historia. La de un agua que alcanza Israel. La del agua del Mediterráneo que, con la fuerza de la tormenta, trae consigo a la costa de la vida dos recuerdos inolvidables. El agua que mana de Pasión Vega. El agua que brota en Noa. Dos mujeres, dos voces, dos corazones y un mar que también toca con sus espumosos dedos la ciudad que le sueña. Como la brisa que, a modo de manto, envuelve la noche son las Mediterráneas en el Festival de la Guitarra.

Cuando la luna aún asoma discreta un eco lejano suena. Son los susurros del mar en Córdoba. Susurros que preceden a la tempestad artística. Brillantes surgen, como si de las entrañas de las aguas vinieran, Pasión Vega y Noa. Un aplauso rompe en el Teatro de La Axerquía, lugar en el que a esa hora se dan cita unas 2.000 personas. Lo que en principio parece ser una triste asistencia vira de repente, casi sin darse uno cuenta, en un aforo cubierto casi a la mitad. Poco es para lo que ha de venir. Que llega tarde, por cierto. Diez minutos sobre las diez y media, diez minutos sobre la hora fijada arranca el concierto. El retraso es debido a la tardanza de no pocos espectadores en cruzar las puertas del auditorio y tomar asiento. Da igual. Una vez comienza la función el tiempo se detiene. Y los murmullos del Mediterráneo son canto de ruego y de brava libertad. “Mar nuestro que no estás en los cielos”. “Mare nostro che non sei nei cieli”. Una malagueña, aunque nacida en Madrid, y una israelí, de Tel Aviv, ponen terciopelo a los versos de Erri De Luca, un italiano de Nápoles.

Es La mia preghiera laica, una oración secular por la vida en el agua que a veces es muerte. Los cuerpos se estremecen. Todo permanece ya a oscuras. Sólo la luz de la luna actúa de farol en la noche de Córdoba. Pero no sólo es la luz de la luna. También es el brillo de dos voces prodigiosas. Si la magia existe, tiene nombre. Dos nombres en uno. También es la luminosidad de su presencia. Pasión Vega y Noa resplandecen en un inicio marcado por mensajes de fraternidad, los mismos que acompañan a lo largo de todo un concierto excepcional. Las dos cantantes, portentos únicos y muy difícilmente alcanzables, frenan su travesía en una ciudad que es como ellas, y como el mar que esta noche le habla al oído. “Podríamos zarpar de Haifa, su ciudad, y llegar a Málaga, mi casa”, afirma Pasión Vega con la seda que nace de su garganta. “La música es el mejor puente”, dice su compañera de escenario. Ambas son marineras en una aventura llamada Mediterráneas, que une lo mejor de cada una y mucho más. El barco, por fortuna, toca la arena de La Axerquía.

Las dos artistas, sobre el escenario | TONI BLANCO
Las dos artistas, sobre el escenario | TONI BLANCO

La noche sobrecoge desde el principio, cuando los sentimientos comienzan a rasgar la cortina de las almas. Silencio. Quietud. “Tú y yo”. La memoria de aquel día en la casa de Joaquín Sabina. El recuerdo del primer encuentro que es arruga de una amistad de pronto vieja. Es esa canción, la que compusiera Noa tras conocer a Pasión Vega donde el ubetense, la que continúa el oleaje de música en medio de un Festival de la Guitarra que parece otro en una playa. Tú y yo. Pasión y Noa. La malagueña de Madrid y con corazón gaditano, la mujer que como su María bebe a sorbos gigantes, se queda a solas. Despliega sus encantos. Es la caricia de la espuma en la orilla, pero también la fuerza de una ola descomunal que todo lo arrasa. Elegante de porte y de interpretación vocal, regala tres temas. El último de ellos es La flor de Estambul, y la hechicera acaba levemente con la cordura del público.

Ella sigue allá arriba, en su lucha con las nubes que tratan de tapar su vista. Quiere ver como las dos artistas, que lo son en puridad de concepto, enamoran con su marea la ciudad de la Mezquita, la Sinagoga y la Catedral. Suena Sonata de la luna en Marrakesh y esa estrella, una de las que más alumbran -y por siempre lo va a hacer- Andalucía, reluce en el cielo de la Córdoba de los sentidos. El maestro Carlos Cano, su genialidad y su imborrable huella también toman La Axerquía con ese tema, que uniera a las dos cantantes en Pasión por Cano -trabajo discográfico de Vega-.

Tras el dueto Noa releva a Pasión y el romance pasa a ser tórrido. La israelí es una marea descontrolada, una tormenta perfecta. En la voz y en la pose. También con los instrumentos. No hay dique que, como a su compañera, la pueda controlar. La gente vibra. Una canción tras otra. Y viene después de tres temas otro en pareja. Y viene la Malagueña salerosa de nuevo en solitario. Y viene A la sombra de un león -otra vez Sabina-. Y viene el ritmo sefardí. Pero también el toque árabe. La cantante de Tel Aviv pone música a su historia y a sus ideales: nacida en Israel, crecida en Estados Unidos y de ascendencia yemení, el sonido de sus raíces es al tiempo el eco de la todavía por conquistar convivencia. “Soy como Andalucía”, dice Noa. El sabor de Oriente se cruza con el de Occidente, lo de allá es de aquí y lo de acá vuela hacia allí. Con el viento. Con los susurros del mar en Córdoba. Y todos quieren que la noche no termine jamás, que nunca deje de madrugar. Bajo esa luna, en Marrakesh o de abril, de Cano en la Córdoba lejana y sola. Pero tan próxima a la vez.

Noa y Pasión Vega | TONI BLANCO
Noa y Pasión Vega | TONI BLANCO

Las dos artistas, que deleitan con cada sílaba y cada gesto, ofrecen un repertorio en el que cantan en solitario tres temas antes de hacerlo juntas. Lo hacen así por dos veces antes de agotar las fronteras. Como lo hace el agua. Una brisa calma el julio cordobés. Quizá porque Es caprichoso el azar, maestro Joan Manuel, el tiempo concede un alivio a la ciudad ardiente el día que suena su mar. Tras Uno queriendo ser dos, de la propia Noa, recuerdan las intérpretes la inmensidad del Mediterráneo, que Historia y corazón, que es vida y por desgracia desgarrador abandono y muerte, que es nuestro y suyo. “Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa”. Serrat siempre para una infancia imperecedera cuando suenan sus versos. La complicidad entre Pasión Vega y su compañera es patente e incluso entrañable en todo momento. Una ovación rompe el silencio. La quietud junto a la costa de La Axerquía. No puede ser, no puede acabar.

Inevitable es el regreso al escenario de las cantantes, que tras un tema en dúo se regalan de nuevo instantes de soledad. El recogimiento profundo de la esencia de una, el recogimiento profundo de la esencia de otra. Pasión Vega y su grito contra el tipejo que quiere apagar la estrella de su vida. Porque todavía se hace necesaria esa letra de pacífica guerra, de belicosa libertad. Y sí, María se bebe las calles. Un escalofrío recorre el cemento. Los cuerpos se estremecen. Justo antes de que Noa obsequie con el más espectacular recital de capacidad artística. El público vibra una vez más. Y de repente, un corte en la sensibilidad de cualquiera. Y de repente, La vida es bella. Los acordes y sus voces, la hipnosis. Que nunca deje de madrugar. Como una ola que se va, se pierden ya. Mediterráneas, como el manantial de sus talentos. Es la una de una noche despierta. Se escapan, es inevitable, los susurros del mar en Córdoba.

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