Patio de arquitectura moderna en la calle Aceite, 8 | TONI BLANCO
Patio de arquitectura moderna en la calle Aceite, 8 | TONI BLANCO

Desemboca la plaza de San Pedro en dos calles con nombre propio en Córdoba. Una es Don Rodrigo y otra es una de las que aparecieran en La feria de los discretos de Pío Baroja. En la novela tiene presencia como del Sol. Es Agustín Moreno, donde sólo unos metros antes de alcanzar la parroquia de Santiago surge de manera discreta un estrecho pasaje sin salida. Pareciera que ese espacio quisiera existir en secreto pero en mayo es imposible para la mayoría de los mortales gracias al Festival de los Patios. Se llama Aceite y en su número 8, en una suerte de diminuta plazuela en la que se enfrentan las fachadas de varias viviendas, una puerta abre el camino de una pasión. Es la de los propietarios de esta casa por los hasta tres patios que alberga y a los que dan vida desde que tomaran el relevo a las familias que antaño fueran sus moradoras.

Escondido se encuentra el tesoro que custodian desde hace más de dos décadas José Antonio Espinosa y Carmen Lopera, matrimonio que es dueño de una residencia que se ve reflejado en el mapa del mayo cordobés encuadrada en la ruta Santiago – San Pedro y con participación en la modalidad de arquitectura moderna. “Vivíamos en un piso de 50 metros, enfrente, y me propuse comprar una casa porque cada vez se me hacía más pequeño. Ésta era una antigua casa de vecinos, en la cual vivían unas 25 familias y tras un tiempo de espera para ver cómo la hacía, la reformé”, explica José Antonio Espinosa con amabilidad mientras su mujer atiende las visitas. El zaguán dirige a un primer patio, donde una fuente cobra color gracias flores que allí flotan. La vegetación es mucha ya en este primer espacio, que conduce a otro segundo. Sólo un par de escalones separan el uno del otro, donde un azulejo de Nuestra Señora de los Dolores preside una caseta. Junto a ésta, unas casi ocultas escaleras de piedra.

Patio de arquitectura moderna en la calle Aceite, 8 | TONI BLANCO
Patio de arquitectura moderna en la calle Aceite, 8 | TONI BLANCO

Una verja advierte al viandante de que todavía queda otro lugar más por ver. Donde otrora hubiera una galería con habitaciones de uralita hoy las plantas regalan un Edén secreto. “Derribé las habitaciones y convertí ese espacio en patio. En la casa no toqué nada de arcos y demás y sólo la reformé para adaptarla a nuestras necesidades. El patio es lo maravilloso de la casa, por las dimensiones, por la arboleda”, expone José Antonio Espinosa, que adquiriera la vivienda tres décadas atrás, la habita desde hace casi un cuarto de siglo y tiene presencia en el Festival de los Patios de más de tres lustros a esta parte. “Si lo presento es porque me gusta. Mi hijo me dice que ya con los años que he participado he contribuido con Córdoba, que qué necesidad tengo de seguir con el concurso. Es muy fácil, tengo el patio todo el año y quiero que la gente vea mi trabajo”, indica el propietario de esta residencia, que destaca además que “un 90 por 100 de las plantas son de todo el año”.

La vida del patio es tal desde el primero de los días en que José Antonio Espinosa y Carmen Lopera compraran la casa. “En el piso tenía cuatro ventanas y estaban llenas de plantas. Claro que quería seguir manteniendo el patio. Estuve dos años seguidos sin entrar en concurso y la gente me animaba a que participara, pero para mí merecía un respeto, no poner por ponerlo. Al año siguiente me lo propuse y trabajé para tenerlo mejor”, narra el dueño del número 8 de la calle Aceite, que asegura que “a todo el mundo lo que le llama la atención es que el patio es diferente a otros. En el tercer espacio al aire libre, creado por el propio Espinosa, una piscina actúa en esta fecha de estanque. Precisamente el uso artístico del agua goza del reconocimiento del Festival. También una palmera preside un último recoveco del amplio escenario y que tuviera que recibir el mayor de los cuidados por parte del propietario. “La salvé del picudo rojo y ahora hay que tener constancia siempre a primeros de mes para tratarla, como al pagar las facturas. Una palmera que lleva plantada 31 años y ya tenía unos diez, es parte de mí”, comenta José Antonio. En definitiva, su labor es como el corto pasaje abierto entre un patio y otro: el camino de una pasión.

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