La música es el complemento perfecto sin el cual no se entienden algunas hermandades y sus estaciones de penitencia. La que suena detrás de los pasos es la música procesional, que constituye un género desconocido por muchos pero muy rico y profundo, complejo, con historia y grandes autores. Uno de los más reconocidos en la actualidad aunque es aún joven es el cordobés Rafael Wals. A sus 32 años este músico de la banda de la Esperanza y director del coro Cantabile es autor de seis marchas procesionales, varias piezas de capilla y otras obras no siempre religiosas. Aunque es arquitecto, cuenta con el Grado Medio de Piano y tiene estudios sin finalizar de Grado Superior del mismo instrumento.

Wals comenzó a componer muy joven, a los 19 años. Su primera obra fue para piano, titulada ¡Mira qué bonita era! y pensada para una futura suite dedicada a Julio Romero de Torres que nunca completó. Pero pese a su capacidad creativa, no se había planteado nunca desarrollarla más embarcándose en la marcha procesional y fue su entorno el que le animó a hacerlo. Su amigo Rafael León le regaló un cuaderno de pentagrama personalizado con la condición de que lo estrenara, y lo hizo escribiendo Tras tu verde manto (2006), su primera marcha de procesión, dedicada a María Santísima de la Esperanza y una de las que más satisfacciones le han dado en su aún corta carrera.

Después llegarían otras obras igualmente reconocidas como ¡Al cielo vuestra Estrella! (2009), La Esperanza de María (2010), La Virgen del Carmen (2012), La Vía Sacra (2013) y He ahí la Esperanza (2015). Aunque no son iguales, ni mucho menos, sus marchas tienen similitudes que hablan de su misma procedencia. Según las describe el propio Wals, Tras tu verde manto y La Esperanza de María tienen “el mismo grado de exuberancia, la marcha de la Estrella es igual de alegre pero más clásica en estructura y en armonía”, y He ahí la Esperanza, la última que ha escrito por ahora, es también “exuberante”.

En la dedicada a la Virgen del Carmen de San Cayetano se aprecian pasajes descriptivos que no tienen las otras, aunque es clara la mano de Wals, que también cuenta con una marcha solemne como La Vía Sacra, que está dedicada a la hermandad del Calvario y que aunque “no tiene que ver con el resto por ser para una cofradía clásica” en los momentos de más luz de esa marcha se aprecia el sello que él puso en las otras. Cabe destacar también su tríptico de música de capilla dedicado a la Virgen del Santo Sepulcro, llamado Desconsuelo, en el que hay tres saetillas, cada una dedicada a una imagen de su paso de palio, y un motete con la letra de Vivo sin vivir en mí compuesto por el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Ávila.

El proceso de componer una marcha en su caso no es como el de otros compositores. Casi nunca se sienta al piano para escribir, sino que “escribo lo que oigo en mi mente”, explica Wals. Así, no busca la inspiración, “cuando me llega bien y si no, no tengo demasiada prisa”, dice. Lo habitual es que construya en su mente un 90 por 100 de la marcha y luego empiece a escribirla. “Hago a mano con lápiz una distribución de la marcha en versión reducida en dos o tres pentagramas, diferenciando melodía, contracantos y armonía y cuando está hecho a lápiz me pongo con la instrumentación de toda la plantilla”, cuenta. De esta forma, le es difícil cuantificar el tiempo que pueda tardar en crear una marcha u otra obra aunque habla de un proceso largo y asegura que “lo difícil es imaginarlo, no escribirlo”.

Hoy en día se compone mucho y no todo es bueno. Preguntado por esto, señala que, en su opinión, para que una marcha sea “redonda” tiene que tener “calidad musical y la persona tiene que tener sensibilidad cofrade, tiene que entender a la cofradía en la calle y haberse empapado de ella porque puede si no salir una obra musicalmente muy buena pero que no tenga lo que en las imágenes se llama la unción”, cree. Sobre componer marchas procesionales, considera que no es una profesión como tal que dé de vivir, no en balde el trabajo de los compositores de este tipo de música no siempre está reconocido. “Como casi todo en las cofradías, los cofrades pasan de la admiración al pasotismo en un par de chasquidos y un mismo autor puede tener marchas reconocidas y otras olvidadas”, explica.

Rafael Wals es solo uno de los más recientes compositores cordobeses que siguen la tradición y el buen hacer de otros que hubo antes. Los tres que más le gustan y destaca son Martínez Rücker “tanto por la época a la que pertenece, que me gusta el Romanticismo, como porque es una persona muy relevante, y si hubiera sido sevillano sus marchas serían como Soleá dame la mano pero tuvo el defecto de ser cordobés”; Enrique Báez, que considera que es “completísimo” y todo lo que compuso le gusta; y por último, ya en el tiempo actual, Alfonso Lozano. Obviamente, hay otros autores que sabe que son reseñables como José de la Vega o Francisco Melguizo, autor de su marcha preferida, que es Lágrimas y Desamparo.

En mente, para el futuro, tiene este compositor algunos proyectos. Empezada ya hay una misa y un encargo de una marcha para una hermandad de Córdoba que prefiere no desvelar. Además, cuenta que “hay imágenes de la provincia y de fuera de Córdoba a las que siempre les he querido escribir porque son emblemáticas para mí, pero llegarán cuando lleguen”.

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