Montilla, pueblo reconocido por su imagen ligada a los vinos que producen sus campos de vides, tiene también un protagonista con nombre propio marcado en la historia del municipio: San Juan de Ávila, teólogo, humanista y escritor del siglo XVI, nombrado como santo patrón del clero secular en España y conocido como ‘el apóstol de Andalucía’, que vivió y murió en esta localidad cordobesa.

A lo largo y ancho del municipio, el visitante puede conocer los lugares relacionados con San Juan de Ávila, desde la casa que habitó hasta la basílica que lleva su nombre y guarda sus restos mortales. El propio Ayuntamiento ha establecido la denominada Ruta Avilista desde su área de Turismo para guiar y dar a conocer esta parte de la historia de Montilla, un itinerario de unas dos horas y media en el que recorren los rincones más emblemáticos que San Juan de Ávila frecuentaba y que ayudan a comprender la dimensión y el sentido de su vida y obra.

Fue Catalina Fernández de Córdoba, segunda Marquesa de Priego, quien conociendo la capacidad de San Juan de Ávila le invitó a vivir en su palacio de Montilla después de que el entonces joven maestro llegara a predicar durante una Cuaresma. Pero él, siendo fiel a su predicamento, no quiso vivir allí y se instaló en una modesta casa cercana. Allí llegó en 1552 para vivir la última etapa de su vida, con una larga trayectoria detrás en la que había creado una quincena de colegios y la Universidad de Baeza. Desde entonces, ya enfermo y en esta casa, siguió su labor desde Montilla, escribiendo y revisando obras como La vida y obra de Santa Teresa de Jesús.

El visitante puede conocer así las distintas estancias en las que habitó el que llamaban el maestro. Una casa con patio donde concentraba a sus discípulos, alrededor del pozo y de una parra que les daba sombra que se convertirían en un símbolo y se tomaría después como imagen del relicario de San Juan de Ávila. Estancias como la cocina, el comedor y las habitaciones, donde vivió de una manera humilde, desprendiéndose de todo lo material pese a que provenía de una familia rica. Y allí mismo, su despacho -desde donde escribió los memoriales de reforma para el Concilio de Trento- y el oratorio, donde ofrecía sus oraciones y que ahora se pude utilizar y solicitar para rezos y misas.

Vista aérea de Montilla | MADERO CUBERO
Vista aérea de Montilla | MADERO CUBERO

La segunda parada de esta Ruta Avilista pasa por la actual Parroquia de Santiago Apóstol, templo original de 1437 reconstruido posteriormente desde el que San Juan de Ávila ejercía su sacerdocio y ofrecía grandes misas. La historia cuenta que hasta allí se desplazaban los creyentes en masa a escucharlo y hoy en día pueden verse la casulla utilizada por él mismo y el cáliz con el que bendecía las sagradas formas.

De allí, la historia del reconocido maestro llega hasta la basílica que lleva su nombre. La Basílica de San Juan de Ávila guarda sus restos mortales -cuatro espacios distintos los han albergado- y allí se celebra anualmente una reunión sacerdotal en conmemoración de la muerte del que es su patrón. Este templo se levantó sobre el colegio con una pequeña iglesia que fundó el clérigo en su época en Montilla, una huella que motivó después que los jesuitas edificaran el templo posterior, reparado ya en el siglo XX con fondos de la familia Alvear. Éste es el templo avilista por antonomasia, donde yace enterrado el santo, lo que motivó que en 2012 el Papa Benedicto XVI le otorgara la distinción de basílica.

Durante su vida, en su estancia en Montilla, San Juan de Ávila se hizo cargo de guiar a las 112 monjas de clausura del Convento de Santa Clara, otra de las paradas de la ruta turística que recuerda los lugares y vivencias del maestro. Allí, en la iglesia del convento ejerció como confesor de quien le atrajo hasta la localidad, Catalina Fernández de Córdoba, y hoy se guardan también recuerdos del paso del santo por allí.

Muy cerca de allí, por último pero en realidad como inicio de la huella del santo en Montilla, se sitúa precisamente el Palacio de los Marqueses de Priego, el edificio en el que la marquesa y toda su familia mantuvieron reuniones con San Juan de Ávila y donde se forjó la creación del colegio de los jesuítas en Montilla, espacio que el maestro dejaría como una de sus más notables huellas en la localidad.

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