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Protestas de la afición en El Arcángel | MADERO CUBERO
Protestas de la afición en El Arcángel | MADERO CUBERO

Quizá sea una de las expresiones más manidas. A todos los niveles. Tanto que si uno dedicara un tiempo a clasificarla junto al resto bien podría ocupar un lugar en el podio. Está entre las primeras posiciones del ranking de tópicos. Ese hecho no deja lugar a la más mínima discusión. Pero lo cierto es que esta vez aparece de manera perfecta. Es una especie de frase ideal para resumir dos horas complicadas de describir. Tras unos días más desapacibles, el calor vuelve a estar presente. Imagine cualquiera a las tres y media de la tarde. Más si cabe en Córdoba, que vive en romance permanente con el sol. Este sábado aprieta. De ahí que quienes acuden a El Arcángel tratan de hacerlo al amparo de alguna sombra. Sí, de una sombra que en realidad no existe en el paraje desértico que es El Arenal. Una gota de sudor se desliza por la frente de un seguidor. Y de los demás. Todos intentan llegar lo antes posible al estadio.

Juega el Córdoba en su feudo. ¿Otra vez? Sí, por segunda semana consecutiva. Llega el Numancia. El rival quizá importe menos al aficionado. A uno cualquiera y a todos. Lo relevante es que el equipo de Carrión pisa de nuevo, en tan corto período, el césped de su templo. Un templo, es necesario advertirlo, venido a menos. Una realidad que también es incontestable. Y así es a fuerza de desventura. O de escasez de fútbol. La luz del juego está apagada. La bombilla la tienen fundida el conjunto blanquiverde y su rival, que dedican esta vez 90 minutos memorables. De esos que nadie olvida. Pero en el aspecto negativo. Antes de que el balón rodara, un brillo: suena el himno del Queco. Menos mal, algo bueno debe tener la tarde. Un señor bebe agua y de repente el duelo empieza. Al menos el árbitro ya señala el inicio. Los jugadores corren. El partido sin embargo pareciera no haber arrancado. Una mujer también bebe agua.

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Protestas de la afición en El Arcángel | MADERO CUBERO
Protestas de la afición en El Arcángel | MADERO CUBERO

La temperatura más que agradable resulta ligeramente elevada. Toca soportarla. Cada equipo huye del reflejo del sol. E incluso de otros. La sensación es extraña. Como si nada sucediera en El Arcángel. Pero ocurre. Al revés de cómo debiera ser, pero pasa. El Córdoba y el Numancia combaten en un choque sin ritmo. El encuentro es como una película de sobremesa. De esas que acompañan un rato y después siguen ahí ante los ronquidos de un espectador abatido por el sopor. Encima las ocasiones brillan por su ausencia. Al menos una luz. Va de luces y sombras. Los aficionados buscan el cobijo de una de estas últimas en un estadio donde un destello caldea un ambiente más propio de San Petersburgo en invierno. La frialdad emocional se torna llama en un momento dado. Salta una chispa. Pero nada se ilumina. Es una de las situaciones más extrañas jamás vividas y contadas por estos lares. Va a llegar el descanso del partido -al fin- cuando miembros de la seguridad privada de El Arcángel deciden requisar su bombo a Incondicionales.

Primero, circula el argumento de que el reflejo solar en el instrumento produce una reacción molesta en el palco. El surrealismo toma posesión del estadio. Sin embargo, tras el final del choque el club ofrece la versión oficial: el director de partido de la Liga (LFP) solicita la acción debido a destellos a la vista de los futbolistas del Numancia y a la imagen del plano máster de la televisión. Esa idea es ligeramente más creíble, si bien no menos extravagante. La rareza viste de habitualidad a orillas del Guadalquivir. Lo cierto es que la retirada del bombo genera el enfado. El Fondo Norte se convierte en un clamor contra la propiedad, el cual vuelve a resonar en el minuto 54. ¡La gran pañolada! O no tanto, porque el estadio repite una de sus más flojas entradas de esta temporada y de los últimos cursos. La desgana se instala en la grada. Es el efecto lógico cuando el tedio invade. ¡Gol! Es del Madrid. ¡Gol! Es del Athletic. ¡Gol! Es otra vez del Madrid. De la luz a la sombra. No la que cubre el sol. Es la de la preocupación por lo que sucede en otro campo cuando en el propio reaparecen viejos síntomas de decaimiento. Empieza a ser una triste costumbre. Pitido final. Menos mal. Así se va la tarde del sábado. Lo dicho: luces y sombras, un tópico cierto esta vez.

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