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Vértigo

Grada blanquiverde Córdoba - Girona | MADERO CUBERO

Rafael Ávalos

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La afición vive con intensidad el primer duelo de play off entre Córdoba y Girona | El cordobesismo alienta al conjunto blanquiverde y celebra la ventaja en la eliminatoria

play off Camina bajo el sol. Aprieta el calor. Sed. Tiene sed. Llega con ligero agotamiento. Los nervios son cada vez mayores. Busca su abono. Cruza el torno. Sube las escaleras. Y otras cuantas más. Busca su localidad. Se sienta. Respira. Toma oxígeno. Lo necesita tanto como la botella de agua que, ahora se percata, no comprara segundos antes. Da igual. Descansa. Mira al horizonte. Piensa. Sueña. El corazón cobra su ritmo de latido normal. Surge la ansiedad. Queda media hora. Parece una eternidad. En realidad es una eternidad. Como todo ese día en el que las horas transcurren más lentamente de lo habitual. Observa el reloj. Detiene la mirada en sus manecillas. Como si anduviera mal de la vista, como si no entendiera. Siente vértigo.

Su ánimo tan rápido cambia de la positividad a la angustia. Desea que comience ya. Su compañero de grada llega. Le saluda. Vuelve a observar el reloj. Minutos que se van, hora que no viene. La hora de la verdad. Resopla. Hace calor. Recuerda la botella de agua. No la tiene. Atiende el aspecto del estadio. Aplaude a sus jugadores. Habla con el compañero de pasión. Admite su estrés. El que a lo largo de la tarde creciera y creciera. Montaña rusa. Son las ocho. El sol, el maldito sol. La sed. El corazón. La garganta parece no sufrir. Canta. Alza la voz. Levanta la bufanda. “Sobre el campo, la verdad”. Canta. Alza la voz. Aún más. “Sobre mi corazón te llevo Córdoba”. Quienes visten franjas de diferente combinación de colores miran. Escuchan. Muestran cierto asombro. Vibra El Arcángel. Y él, siente vértigo.

La turbación es total. Grita. Se pone en pie. El equipo sale fuerte. Gol. Salta. Abraza a su compañero. Ríe. Ríe y respira. Sin tiempo a recobrar el sentido… Gol. Xisco otra vez. Salta. Da una palmada en la espalda a su amigo. Tan fuerte que casi le derriba. Ríe. Ríe y respira. Una ocasión. Y otra. Un palo. Se lamenta. Pero disfruta. Está en la cima. Coloca, de manera imaginaria, su bandera blanca y verde. El Córdoba busca el tercero, pero llega el gol del Girona. Baja los brazos. Se lleva las manos a los ojos. Su vecino de grada le anima. Surge la ansiedad. Descanso. Toma oxígeno y sonríe. Levemente, la verdad. Piensa. Sueña. Y cree. Sobre todo cree. Considera que hay motivos para hacerlo. Siente más vértigo.

¿Un penalti? Reflexiona. Ya da igual. De repente esa acción es un lejano pasado. El equipo regresa al campo. Resopla. El calor es menor, pero no inexistente. Comenta. Y observa el reloj. Otra vez. ¿Por qué motivo? El Girona aprieta. Una ocasión en contra. Otra. No son muchas, pero intimidan. Respira. El marcador sigue igual. En positivo. Va 2-1. “Habría que hacer el tercero”, dice. Para sí mismo y para su compañero. Vibra el estadio. Quizá con menor intensidad que tras el espectáculo inicial. Piensa y sueña. Cree. Pero sufre también. El final está próximo. Levanta la mirada. La dirige al cielo. Otea el horizonte. Razak salva. Tras levantarse cae sobre su asiento. Silbido final. Toma oxígeno, de nuevo. Alza los brazos y festeja. Aunque la celebración bien pudiera ser mayor. No importa. El primer paso está dado. Es un aficionado cualquiera. Uno de tantos otros que dan vida a El Arcángel. Y siente vértigo.

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