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'Canal'. A palabra fría

Javier Fernández| ANA BELÉN RAMOS

Marta Jiménez

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Llega a las librerías Canal, el largo poema fragmentado con el que Javier Fernández se enfrenta a una tragedia familiar, ganador del XXIII Premio internacional de poesía Ciudad de Córdoba Ricardo Molina

CanalRicardo Molina Cuando Truman Capote terminó A sangre fría, su gran novela, le faltó tiempo para inflarse de su conocida vanidad y afirmar que acababa de inventar una nueva forma de literatura. Y estaba en lo cierto. Aquel libro publicado en 1966 cambió el concepto que hasta ese momento se tenía de lo que debía ser un libro de no-ficción. Capote escribió una novela impresionante sobre un terrible suceso que conmocionó a la América profunda. Lo hizo sumergiendo al lector tanto en el lugar de los hechos, como en el perfil psicológico de los implicados.

1. Mi hermano Miguel murió el 5 de marzo de 1975, tres semanas antes de su sexto cumpleaños. Murió pasado el mediodía, era una mañana nublada y de mucho viento. Estos son los primeros versos del largo y fragmentado poema que es Canal (Hiperión), el libro con el que el escritor cordobés Javier Fernández ganó el XXIII Premio internacional de poesía Ciudad de Córdoba Ricardo Molina el pasado 3 de diciembre. Pero, sobre todo, es el libro con el que 40 años después de la muerte de su hermano mayor, el escritor ha conseguido diluir la frontera de muchas cosas: de la realidad y la ficción, de la poesía y la narrativa, de la emoción y la razón, de la memoria y el olvido.

La muerte de un niño en un canal del norte de la ciudad también conmocionó a la Córdoba de 1975. Como cada cual gestiona el dolor y sus grietas como puede, Javier decidió hacerlo con literatura. Con 20 años empezó a escribir sobre un tema sobre el que no tuvo “mucha necesidad” de hablar durante su infancia. Sin embargo, no ha sido hasta ahora, con más de 40, cuando ha cerrado el círculo. El poeta, a diferencia de Capote, no sumerge al lector en el epicentro de los hechos, sino que enfoca hacia los cientos de réplicas emocionales que aquella muerte trágica provocó a lo largo del tiempo. Al preguntarle si esto podría ser “poesía de no-ficción”, el escritor responde que poetas como Pablo García Casado han calificado el poemario como “hiperrealista”. Admite que no conoce otro libro de poesía que haga lo que contiene Canal, y que siente que está, de alguna manera, “iluminado un territorio oscuro”. Pero afirma también que la forma de este libro es una herramienta al servicio del fondo. “No era mi intención hacer algo novedoso per se. Tenía la pulsión de contar algo y por respeto quise hacerlo dejando un testimonio lo más directo y documental posible. Claro está que hay un tratamiento poético en la construcción de los fragmentos, en el ritmo y el impacto final de cada uno de ellos”.

Para el autor lo más difícil, o más bien lo que más tiempo le ha llevado, ha sido “encontrar la voz adecuada para contarlo”. En otras palabras, más dura ha sido la gestación que la propia escritura de este libro. Tras 20 años dando vueltas, un sábado por la tarde se sentó a tomar notas sobre todo lo que recordaba y sabía sobre la muerte de su hermano, “y me di cuenta de que esas notas tomaban la forma de poemas. Esa noche salieron 41 poemas de un tirón”. El poeta invita al lector a desplegar “el tiempo que se ha plegado alrededor de un instante, el del accidente, aquello que sucede físicamente dentro del canal y que no llega a verse en el poema. A partir de ahí, viene la ausencia y la lógica emocional que esta impone”. Esta “crónica íntima” de la familia [en la que junto a Javier forman parte madre, hermana y padre] posee mucho de trabajo memorialístico. El apoyo y la generosidad del núcleo familiar del autor aportando recuerdos e imaginario han sido fundamentales en este proceso.

Sesenta fragmentos y una coda construyen Canal.

 Hay quien de vez en cuando pregunta a su autor si hace versos aparte de esto. “Es que esto son versos”, suele responder. Cuando le advierten que esos versos no tienen metro, apostilla: “Sí lo tienen porque miden todos lo mismo, los he medido con una regla, tienen centímetros”. Fernández dice que el peso de la tradición es mucho mayor en la literatura que, por ejemplo, en las artes plásticas. “Tú lees una antología de poesía española actual y está llena de bodegones. Llenísima. Se abusa del endecasílabo, un verso importado en su día desde la Italia del Renacimiento, y que aquí es el canon. Si no te decides por usar endecasílabos o componer sonetos, hay quien no te considera poeta. Para mí es un ejercicio, una gimnasia, útil hasta cuando se pretende el verso libre, pero no la finalidad en sí”. Fernández, consciente de haberse adentrado en un lugar que está “despoblado”, confiesa su interés por demostrar que otra poesía es posible en el siglo XXI.

El 3 de diciembre de 2015, cuando lo llamaron para comunicarle que un jurado intergeneracional de poetas de estéticas diferentes -compuesto por Pablo García Baena, Juana Castro y Pablo García Casado, el editor de Hiperión, Jesús Munárriz, y la profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Córdoba, María de los Ángeles Hermosilla- le había otorgado el premio Ricardo Molina, Javier iba camino de Montoro. Allí leyó Canal a un grupo de mayores que acabó llorando y queriendo compartir sus experiencias en torno a la pérdida. La bibliotecaria le dijo al escritor que ningún libro de poesía había despertado nunca tanta implicación allí. Y justo esa es la bola de nieve que al poeta le gustaría que su libro fuese formando a medida que vaya rodando.

Su presentación tendrá lugar en la Feria del libro de Córdoba [que se celebra del 16 al 24 de abril] aunque Canal ya ha llegado de avanzadilla a las librerías. En otoño el autor viajará a las distintas capitales andaluzas con el libro bajo el brazo, con parada especial en La Carbonería de Sevilla. Y después, Canal dirá.

“No dejes de escribir nunca”, le dijo una mujer mayor a Javier aquel día feliz en Montoro.

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