FOTO: MADERO CUBERO
El escritor cordobés presenta su última novela, ‘El escalador congelado’

Salvador Gutiérrez Solís leía tebeos de Tintín, el Príncipe Valiente o el Capitán Trueno en las mesas hexagonales de color verde de la antigua Biblioteca Provincial de Córdoba. Allí ya no hay anaqueles con comics, ni mesas con lectores que comprasen sus carnés por unas pocas pesetas. Aunque no deja de hablarse de libros, porque aquello es hoy la Delegación de Cultura de la Junta y cada 15 días, más o menos, acoge una cita del ciclo Letras Capitales. Y Gutiérrez Solís (Córdoba, 1968) fue anoche su invitado. Y habló de su última novela, ‘El escalador congelado’, publicada por Destino.

¿Se puede escribir una novela de gente corriente a la que les ocurren hechos corrientes? El escritor afirma que sí. Un núcleo disgregado de personajes aparentemente planos de existencias grises conforman la novela. Universos que se entrecruzan en el tiempo y en los lugares. No al modo de una novela coral uso, sino usando elementos tangenciales y jugando con los nexos de unión entre tramas y personajes.

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“Trataba de encontrar buena literatura dentro de personajes reales. Y existe muy buena literatura dentro de personas que trabajan en la Administración Pública, o en pequeñas empresas de publicidad o son cocineros”, dijo anoche en referencia a los que pululan por sus páginas.

Es mucho más fácil escribir de policías corruptos o multimillonarios frívolos. “Me ha costado mucho escribir esta novela. Lo había disfrutado hasta las lágrimas con las anteriores, pero esta ha sido muy difícil. No llegaba a controlarla. Además… En esta novela creo que he sido demasiado sincero. Todas las historias tienen algo de autobiográfico, pero esta tiene detalles muy cercanos. Hay un personaje cordobés que vive en Sevilla. Y otro que por poco muere ahogado en el mismo sitio donde por poco yo muero ahogado”.

El resultado ha sido lograr lo que el escritor califica como su “máxima fortuna”. Encontrar la identificación de los lectores. Desde una compañera escritora en la misma editorial a un señor de 70 años de México que le preguntaba si el chiringuito del Algarve que aparece era real. “Claro que lo es”. Como la novela misma.

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